No, gritar no es educar

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Fuente: Pixabay

Somos humanos, no somos perfectos, nunca lo vamos a hacer todo bien. Podemos tener un mal día, podemos no saber manejar determinadas situaciones, podemos estar en un proceso de aprendizaje a nivel interior y gritar sin darnos cuenta (o sin terminar de saber cómo evitarlo) cuando estamos nerviosos o estresados. Nos puede ocurrir con nuestros familiares, con nuestros amigos, con nuestra pareja, o con nuestros hijos. Todos nos equivocamos. Pero gritar es eso: es equivocarme.

Cuando a mí se me escapa un grito con mi hija (y se me escapan) estoy equivocándome. Cuando se me escapa un grito con mi hija, no estoy sabiendo manejar esa situación desde la calma, me estoy dejando llevar por emociones que me están superando. La propia situación me está superando. Cuándo se me escapa un grito con mi hija, básicamente y hablando en plata, la estoy cagando.

Después de esta intro tan deprimente, vamos a volver al principio: somos humanos. Esto significa que no somos perfectos (nota importante: ni falta que hace), que podemos equivocarnos y que sin ninguna duda lo vamos a hacer. Es más, seguramente nos vamos a equivocar una y otra vez. 

El problema viene cuando creo que, como es normal equivocarme, pues no pasa nada. Y sigo equivocándome sin reflexionar, sin reparar, sin admitir, sin poner el contador a cero e intentarlo otra vez, sabiendo que lo hice mal. O, peor aún, cuando justifico mis gritos hacia mis hijos, cuando creo que tengo derecho a gritar a mis hijos y cuando creo que gritando a mis hijos lo que estoy haciendo es educarles. 

Gritar no educa, gritar agrede. Suena muy extremo esto de agredir pero es que es así. Cuando gritamos a alguien, lo tratamos mal. Cuando nos grita alguien, nos trata mal (a no ser que grite ¡nos ha tocado la lotería!… pero no suele ser el caso).

Gritar no enseña a mis hijos a respetarme más, gritar lo que enseña a mis hijos es que yo no estoy respetándoles a ellos. Y el respeto es bidireccional, el respeto debe ser mutuo. Que mi rol como padre/madre sea distinto, que yo deba liderar, tomar decisiones, guiar a mis hijos, que yo tenga una serie de responsabilidades y obligaciones como padre/madre no me exime de respetar a mis hijos. Es más, yo debería ser más capaz de respetarles a ellos, porque ellos aún están aprendiendo la importancia y el valor de respetar y yo ya lo he aprendido. O esa es la teoría.

Gritar no me da autoridad como padre/madre, al contrario, me la quita. Lo que me da es autoritarismo (y, probablemente, laringitis).

Y gritar no me hace parecer más capaz, más serio y más a tomar en cuenta, al contrario, me hace parecer incapaz. Incapaz de manejar una situación sin ponerme como un loco o un energúmeno, incapaz de gestionar mi propio enfado, incapaz de mantener la calma en circunstancias complicadas, incapaz de resolver los problemas sin gritar. 

Así que todo eso es lo que en realidad voy a transmitir si grito a mi hijo “para educarle”. Porque al actuar así, aunque yo crea que estoy transmitiendo unos mensajes, a mi hijo en realidad le van a llegar otros muy distintos. 

¿Qué enseña realmente gritar?

Bueno, gritar efectivamente enseña muchas cosas…

Que los demás tienen derecho a gritarme

Evidentemente solo tienen derecho si la causa “es buena”. Gritarme porque sí, no, eso está MAL. Pero gritarme si estoy comiendo lento, o gritarme si no recogí, o gritarme si no quise compartir mi camión con el niño del vecino… entonces sí, ahí hay un motivo bueno. Y yo normalizo el grito. Y me parece bien y normal que me griten porque la causa que tienen para gritarme es «buena».

Más aún, lo normalizo tanto que creo que la causa de ese grito está EN MÍ: en lo que soy o tendría que ser, en lo que hago o tendría que hacer. Hace poco leía en Facebook (os diría la fuente pero no recuerdo dónde lo vi) que un niño preguntaba a otro: «¿Cómo haces tú para que tus padres no te griten?». Porque el pobre mío pensaba que la causa de los gritos era él.

Que yo tengo derecho a gritar a los demás

Evidentemente también si mi causa “es buena”, nunca porque sí. Pero si vale para los demás, tendrá que valer para mí también. El quid de la cuestión es la «causa», la que legitima el grito, la que nos da derecho.

Y también voy a pensar que la causa de mis gritos siempre estará AFUERA: en el otro niño que me quitó el camión, en mi hermanito que me incordia porque es pequeñajo. Y me va a pasar de adulto también, si aprendo esto. La causa de mis gritos no estará en mí, que no sé gestionar las situaciones difíciles desde otro enfoque. Estará en la rueda que se pincha, en mi pareja que me irrita, en mis hijos que desordenan el salón. Siempre afuera.

Que no se puede manejar las situaciones difíciles sin gritar

Si mamá y papá (que son mi referencia absoluta y las personas de las que aprendo por ósmosis y por imitación continua) no saben manejar las situaciones difíciles sin gritar, no me queda otra que llegar a esa conclusión: no se puede gestionar las situaciones difíciles sin gritar.

Así que cuando yo tenga una situación que me resulte difícil y pase de cierto umbral, gritaré. Porque no voy a saber hacer otra cosa, porque nadie me enseñó a manejar una situación difícil sin gritar y porque nunca vi que se hiciera. Lo que yo vi es que cuando pasa algo, se grita.

Que el mensaje no cuadra, ¿por qué?

Me dicen que no se grita pero luego me gritan. Aquí falla algo y es tan evidente que me doy cuenta hasta con tres años, aunque no pueda comprenderlo en toda su magnitud. Me dicen una cosa pero hacen otra, ¿qué está pasando? ¿cómo me tomo yo esto? Y encuentro dos opciones:

1.  Papá y mamá son incoherentes porque no saben ni lo que dicen. Su mensaje no vale, me exigen cosas que no hacen, no son fiables.

2. Esto sólo vale “arriba”. Cuidado con esto, porque es un mensaje muy peligroso que transmitimos cuando pedimos lo que no hacemos: «ya llegará mi momento». O a lo mejor no, a lo mejor con mi primo, que es más pequeñito, sí puedo ser yo el que estoy arriba y sí puedo ser yo el que grite a mi primo y no al contrario. O con esos niños del cole con los que me siento yo el fuerte. Porque cuando estamos arriba sí podemos hacerlo y, además, podemos exigir al que está abajo que él no lo haga.

Esto es lo que enseñamos realmente cuando gritamos a nuestros hijos. Les enseñamos que no les respetamos. Les enseñamos que somos incapaces. Les enseñamos que las cosas difíciles no se pueden gestionar sin gritar. Les enseñamos a normalizar el grito y a pensar que una buena causa lo legitima. Y les enseñamos que somos incoherentes o, peor aún, que no es eso, que lo que pasa es que eso vale solo «arriba». Lo que no hacemos nunca, nunca, gritando es educar.

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