Mi segundo postparto

mi-segundo-postparto

Mi primer postparto fue lo que viene a ser un primer postparto. Ese terremoto que te pilla agotada tras parir (peor aún, tras parir por primera vez) y en el que intentas mantener el equilibrio como buenamente puedes. Fue agotador, fue desestabilizador, lloré, reí, me agobié, me enamoré, me sentí inmensamente feliz y estuve absolutamente sobrepasada, todo al mismo tiempo. Estaba dolorida, floja, desorientada y acojonada viva. Ya sabéis eso que pasa la primera vez, los primeros días, las primeras semanas. Ni te reconoces, hundida en ese «ser mamá» que no sabes del todo ni cómo se hace hasta que, poco a poco, le vas cogiendo el tranquillo y te encuentras. Es decir, mi primer postparto fue un postparto normal.

El segundo ya ha sido otro cantar.

Es curioso cómo hay tantas cosas que están resultando antagónicas entre mi primera maternidad y la segunda. Mis dos partos han sido diametralmente opuestos, ya os he contado ambos, el que me bloquearon y el que voló. Mis hijos son tiernísimos y tienen unos ojos que quitan el hipo pero creo que es lo único en común. La peque siempre ha sido inusualmente prudente, calmada y observadora. Tengo una foto suya tumbada con tres años y medio, contemplando reflexivamente un pedazo de regalo de navidad sin abrir ante el que cualquier otro niño se habría tirado en plancha. Y el chiquitín… en fin, ya os he compartido el magnífico paseo que se metió en el robot aspirador a sus ocho meses. Es como si entre ambas maternidades estuviera repartiéndome todo el abanico de experiencias disponibles, para cubrir todos los flancos y no perderme nada.

Este segundo postparto empezó muy bien. Dolorida, floja y todo lo que toca pero muy ubicada. Y muy contenta, y muy todo lo bonito de enamorarte de nuevo hasta las trancas. El postparto inmediato siempre es difícil pero esta vez ya sabía por dónde caminaba y pude capearlo mejor que la primera vez. Pasaron los primeros días, recuperé las primeras fuerzas, se me cayeron los primeros puntos, salí de la primera etapa. Me dije, chimpún, esto ya está hecho.

El problema vino después de esos primeros días, después de ese postparto inmediato o precoz que ya me esperaba. Y eso sí que me pilló totalmente por sorpresa. Eso fue lo que me noqueó.

Sentir que no estaba siendo yo. Sentir que a veces no conseguía reaccionar del todo, como si estuviera encerrada dentro de mí misma, viendo las cosas al otro lado de un cristal sin estar ahí del todo en mi vida y en mí. Sentirme inhibida, superada por cosas que antes manejaba sin problemas, como una niña a la que le piden que gestione algo que no sabe por dónde coger y se queda bloqueada. Sentirme pequeñita, queriendo delegar en papá todo lo delegable y casi hasta lo que no, hasta lo que parecía ir en contra de todos los instintos, porque le sentía a él la mejor opción en todo menos en la teta. Sentir que no confiaba en mí. ¡Con lo válida que había sido con mi hija casi desde el primer momento, pese a todo lo que pudiéramos meter en la lista de primeriza!

De vez en cuando me brotaban pensamientos desproporcionados, en pequeños flashes: lo estoy haciendo fatal, estoy siendo una mierda de madre, he perdido la capacidad de hacer hasta lo más pequeño, estoy inútil perdida. Eran pensamientos que sabía que no eran reales. Yo lo sabía. Me desahogaba contándoselos a mi marido y él me decía «no es objetivo, no es así». Estás haciéndolo mucho mejor de lo que piensas, estás ahí, esto es una cosa que TÚ estás sintiendo pero que NO está pasando. Y yo quería creerle con toda mi alma.

En el fondo sabía que tenía razón y que era algo irracional. La mayoría de las veces los dejaba pasar sin más, como los pinchazos intermitentes de un dolor de muelas. Pero no siempre los frenaba, a veces se colaban y durante un tiempo (segundos, minutos, horas, días) lo sentía de verdad, por mucho que me intentase (o me intentasen) convencer de que no era así.

Qué complicado intentar explicaros cómo me he sentido estos meses. Qué complicado intentar explicar sentimientos irracionales y contrapuestos. Qué complicado porque, aun con todo esto que os cuento, yo me sentía FELIZ. Con mi niña tiernísima, que ya sabéis desde hace años lo increíble que es. Con este chiquitín que es lo más simpático que hay en el mundo. Con papá que esta vez pudo estar en casa y a tope, dando sostén infinito y asumiendo todo lo que yo no podía hacer. Con todo menos con ese punto de fondo que no terminaba de estar bien, que me tenía rara y absurda. Ese que me hacía llorar de impotencia e incomprensión y reírme al mismo tiempo porque el pitufo sonreía con esos hoyuelazos que se gasta y a mi niña le daba la risa y papá venía a grabarles y me quería morir de amor mirándoles a los tres.

Recuerdo que un día escribí a una amiga que está muy metida en estos temas: «¿Se puede tener una depresión postparto retardada?» Fue muy concisa. «Sí.» Ahí se quedó el dato. Esperando a observarme y ver hacia dónde evolucionaba la cosa. Esperando a ver si se enconaba y se convertía en un problema al que había que buscarle solución o si se iba disipando y todo volvía a su ser, como al final fue pasando con el tiempo.

Ha sido una etapa complicada. Ya veis que he estado algo ausente en los últimos meses. Pasar un embarazo, un parto y un postparto en pandemia no es fácil. Y eso que mi postparto no ha sido de los más difíciles, me pilló en el verano, pude irme a la playa, ver mínimamente a mis padres. Sé que muchas lo habéis pasado peor. Pero la tensión, la indertidumbre y la preocupación pasan factura. Los confinamientos, el aislamiento, la falta de normalidad, la pérdida de la espontaneidad y libertad de decisión más básicas, la desmotivación de sentirse dando vueltas en una rueda sin tener dónde avanzar. Y ahora échale las hormonas.

El problema con el suelo pélvico tampoco ha ayudado. No poder coger al pitufo en brazos libremente, depender continuamente de otros quedándome en segundo plano y tener que pedirle en los peores momentos hasta a mi hija, a sus seis años, que me ayudase a llevarlo al cambiador si no estaba su padre no ayudaba NADA a sentirme válida. Poder cogerle de nuevo, apoyadito en la cadera, con algo parecido a la normalidad POR FIN (aunque vaya con cuidado) ha sido absolutamente liberador.

Hace un par de meses, aproximadamente, que vuelvo a sentirme yo. Una yo que igual está más cansada en estos momentos, criando y con dos hijos. Una yo que desde luego tiene fatiga pandémica y un suelo pélvico que aún no está para tirar cohetes y me limita un poco todavía. Pero YO otra vez.

No sé si he pasado por una depresión postparto tardía, no sé si simplemente se han juntado muchos factores o si ha sido un refrito de todo junto. Pero con nombre o sin nombre, estoy segura de que no seré la única a la que le haya pasado y sé bien cuánto ayuda leer en otra persona lo que estás viviendo. Lo veo en los cientos de comentarios que recibo en posts como el del embarazo o el de tener otro hijo. Esos comentarios de alivio infinito porque esto es exactamente lo que me está pasando a mí. Así que si mi postparto al revés os ayuda de alguna forma, sentarme a abrirme en canal habrá valido la pena una vez más.

Si te parece que mi contenido es útil ¡Compártelo!

Y, si quieres contarme tu punto de vista o tu experiencia, me encontrarás siempre al otro lado en comentarios o en redes 🙂

¿No te quieres perder ningún post?

¿Quieres suscribirte y recibirlos cómodamente en tu correo?

Deja una respuesta

Acepto la Política de privacidad