Mi parto en el Hospital de Torrejón

Foto: ©Unamamadeotroplaneta

Nunca eres más fuerte y poderosa que cuando estás pariendo. Nunca eres tan animal, tan primaria, tan mágica y milagrosa. Y nunca estás tan indefensa. Ponerte en manos de alguien que te eleve o que te hunda puede cambiar totalmente tu parto. Convertirlo en una tortura o en una proeza, en un recuerdo que te persigue o en uno que revives con una sonrisa. Mi primer parto fue una «tortura» que me persiguió durante años. La pena de sentir que me lo habían robado, la rabia por habérmelo dejado robar, el remordimiento de saber en mi fuero más íntimo dónde quería parir y no haberme escuchado. Mi segundo parto fue todo lo contrario, un recuerdo que revivo respirando profundo, con gratitud. En mi segundo parto no sólo me escuché, también me hice caso y me fui a Torrejón buscando una segunda oportunidad para el parto que quería tener. Respetado, acompañado, empoderado, mío.

Llevaba días con contracciones irregulares. De repente se ponían bravas, parecían coger velocidad durante una horilla o dos y volvían a disiparse. Quizá por eso cuando empezaron las de verdad tardé en darles credibilidad. Pero esta vez no quería cometer los mismos errores, ir demasiado pronto al hospital y arriesgarme a bloquear el proceso.

Eran las doce y media de la noche cuando empezaron a volverse regulares pero después de tantos «que viene el lobo» no les di mucho crédito y me metí a dormir. El rato que fuera. Sobre la una y media empezaron a doler mucho y aunque me aferré cabezonamente a la idea de intentar dormir, fue imposible. A las dos y media desperté a mi marido. Empezaban a ser cada siete minutos y atizaban fino. Así que hice lo que toda persona sensata y racional hace cuando cree que puede estar de parto: me metí en la ducha a lavarme el pelo y me tomé un helado. Supongo que pensé algo como «si vuelvo a tirarme treinta horas sin comer, esta vez el helado me lo llevo puesto». Lo de la ducha no me pidáis que os lo razone, me metí por lo del agua caliente y la contención del dolor y en ese momento me pareció muy lógico aprovechar y lavarme el pelo.

A las tres desperté a la chiquituji y avisé a mis padres. Fue justo al colgar cuando todo se precipitó. De golpe, bajamos de 6-7 minutos a 3-4 minutos y la app nos puso «si no es su primer hijo, vaya YA al hospital». Qué canguelo nos entró. Recordé vívidamente un vídeo que me acababan de mandar mis amigas, las muy cabritas. Entre los veinte minutos que tardaban mis padres en llegar y los treinta que nos separaban de Torrejón, emularlo y parir en la puerta del hospital empezaba a parecer un escenario potencial. Por suerte, no os voy a contar ESE parto 😀 aunque hubo un punto en la M-40, conmigo gritando como las poseídas cada dos minutos, en el que pensamos «igual no llegamos».

Me subieron a exploración en cuanto pisé urgencias. La agilidad en estos casos es directamente proporcional al volumen de los gritos, así que fueron MUY ágiles. La matrona era joven, amable y cercana. Me gustó nada más verla. Mientras me exploraba me di cuenta de que tenía miedo de que me dijera, ¿a qué vienes tan pronto? Pensaba agarrarme a la pata de la camilla si me decía que me fuera a casa. Mi única experiencia previa había consistido en 24 horas de contracciones continuas por la oxitocina y cuello sin borrar. Supongo que me daba miedo que se repitiera. Pero no, no podía ser, la intensidad era tremenda, o estaba de parto o me estaba muriendo, una de dos. TENÍA que estar de parto.

Por suerte, lo estaba. Y lo siento, pero a partir de aquí os lo tengo que contar en presente, porque es la única forma en la que puedo escribirlo. Porque cada vez que lo pienso, a partir de este punto no lo recuerdo. Lo revivo:

Son las 4:38 de la madrugada. Recordaré la hora exacta toda mi vida. «Muy bien, Marta. Estás en parto muy activo, de cinco centímetros. Puedes avisar a tu pareja para que suba a paritorios. Te vamos a dar una habitación». El alivio me recorre. ¡Lo sabía! Esta vez lo he hecho bien, joder. Estoy en Torrejón y he venido en el momento perfecto, de parto activo. Esta vez va a salir todo bien. Esta vez estoy preparada y sé que puedo. Puedo.

Menos de cinco minutos después la matrona vuelve a por nosotros y vamos hacia la habitación. Me van a dar la de la bañera, qué alegría. Me siento como cuando me hacen un upgrade inesperado en un hotel. Cruzando la puerta, me agarra otra contracción. Son brutales.

_ No sé si ponerme la walking epidural – digo de repente. No lo tenía claro pero la última contracción, que no sé cómo no me ha partido en dos, me ha despejado bastantes dudas. Un poco de alivio se agradecería.

_ Como quieras. Pero entonces no puedes usar la bañera – miro la bañera con tristeza, quiero probarla – ¿Quieres que avise? ¿Te pongo una vía?

No me da tiempo ni a responder porque viene otra contracción, más brutal aún que la anterior. ¿Cuánto ha pasado, un minuto? Esto va demasiado rápido. Necesito saber qué está pasando con mis cinco centímetros antes de decidirme, así que le pido que me explore otra vez.

Lo hace y, sorprendida, me dice: «estás completa, por eso te están doliendo tanto, estás dilatando muy deprisa». Cinco centímetros en cinco minutos. Pues al final sí me ha faltado el pelo de un calvo para tenerlo en la puerta y generar contenido de calidad para YouTube. Según termina la frase rompo aguas escandalosamente. Exploto sería quizá el término más exacto. El dolor se vuelve insufrible.

_ Ni epidural ni hostias, ¿no? – pregunto.

_ Ni epidural ni hostias, no – me confirma.

Genial. Voy a tener un parto natural. Lo que yo quería. Un parto natural y rápido, por lo que parece. Un parto natural y rápido que duele como el infierno. Me cago en el parto natural y rápido, cómo idealizamos los conceptos.

No hay walking pero tampoco tiempo para llenar la bañera. Ya estamos en los pujos. ¿Cómo es posible? Acabo de soltar el bolso. Empiezan reguleros, porque no tengo NI IDEA de cómo son las ganas de empujar. Para cuando llegó esa parte con mi hija yo estaba dormida de cintura para abajo, chutada a lidocaína. Además, necesito ir al baño urgentemente. Hasta que descubro que ESO son las ganas de empujar. Y son horrorosas.

Siempre había pensado que las ganas de empujar y las contracciones irían de alguna forma, «por separado». Que la contracción sería intensa y dolería pero las ganas serían una sensación distinta, una urgencia separada del dolor. Una urgencia, no os digo agradable, pero sí que te hiciera desear avanzar. Pero no. Las ganas de empujar duelen en sí mismas y son terriblemente desagradables. Como esos calambres que te llevan al baño cuando algo te ha sentado mal, esos que dan sudor frío, duelen, urgen y dan miedo al mismo tiempo, multiplicados por un millón. Quiero empujar y no quiero, durante unos minutos me retengo involuntariamente. Me asusta dejarme ir, siento pudor. A la cuarta, o la quinta, el dolor manda al pudor y al susto al carajo. O empujo o me muero.

Como los perrillos cuando se tumban a dormir, me cuesta encontrar la postura. Quiero estar de pie pero los calambres se me extienden a los muslos y literalmente no puedo mantener mi peso cuando viene una contracción. El dolor es tan intenso que me atonta, balbuceo cosas inconexas (no sé, no puedo, no sé) como si no pudiera razonar. La matrona, la auxiliar y otra chica más que no sé qué es exactamente me ayudan, me sujetan, me proponen opciones. Dios mío, qué diferencia con mi primer parto. Son como tres hadas madrinas benéficas revoloteando a mi alrededor. ¿Probamos poniéndote así en la cama? ¿Quieres que te ponga una bolsa caliente en los riñones? ¿Qué necesitas? ¿Traemos la silla de partos y pruebas? Venga, Marta, este es TU PARTO, vas a hacerlo porque SABES hacerlo y vas a sanar el primero, porque es TU momento. Me siento como si estuviera rodeada de amigas solícitas, centradas en ayudarme. Me cuidan, me ayudan, me animan. Siento gratitud pura.

Al final la silla de partos es la ganadora. Me siento muy cómoda en ella, quiero parir así. Me recuesto contra mi marido, que lo está haciendo de diez. Empezó dándome ánimos con la voz cargada de cariño y aliento y, cuando dije «cállate, por favor, sólo déjame tenerte ahí, pero no digas nada», se calló al instante. Me siento un poco mal por no poder explicarme mejor, porque lo estaba haciendo con muchísimo amor, pero no soporto que nadie me hable ahora, necesito meterme hacia dentro. Le estrujo las manos y se deja como un bendito, aunque le estoy tatuando las uñas.

Las contracciones son brutales. No puedo pensar en otra palabra. Brutal. Es brutal. Siento que me rompo. Con algunas, necesito gritar con toda mi alma, a pleno pulmón, sin cortarme un pelo. Con otras, en cambio, no sé qué pasa. Pasan a través de mí y me fusiono con ellas, desde un lugar muy profundo de mi cuerpo. Gimo muy bajito, de forma animal y siento que van avanzando junto con el aire que exhalo. Duelen igual de horrorosamente pero son distintas. No sé cómo explicarme. Estoy tan dentro de mi parto, en estos momentos, que no puedo ni pensarlo. Hasta horas después ni lo proceso. Estoy pariendo. No hay espacio para más.

El tiempo se dilata y se encoge. No sé si están pasando horas o segundos. El bebé va bajando, lo noto, es una sensación extrañísima. La matrona me va guiando. Espera, aguanta ahora, no empujes. Yo la miro con los ojos muy abiertos, como los niños, asintiendo y respondiendo con monosílabos.

De repente la energía cambia. Creo que el peque ha hecho un par de bradicardias. Me parece que esto está siendo demasiado intenso y rápido para los dos. «Marta, escúchame, ahora tienes que empujar. El bebé está en un lugar con muy poco espacio y se está quejando. Tienes que empujar ya». Los ojos de la matrona parecen serios de repente, sobre la mascarilla. Empujo. Confío en ella. Qué ALIVIO poder ponerme en sus manos sin miedo. La auxiliar vuelve a preguntarme si me puede bajar el camisón. La pobre me lo ha preguntado un par de veces y las dos he dicho simplemente «No». Estoy escueta de cojones, centrada en sensaciones que me dominan y me aislan del afuera. Estoy a punto de decirle que no otra vez pero hay mucho movimiento alrededor. Mi bebé debe de estar a puntito ya de salir. Me bajan el camisón y me dejan el pecho al aire para él. Y de nuevo un recién nacido cae de golpe en mi regazo. En este momento aún no lo sé pero son las 5:31. Una horita corta. Literal.

Intento conectar este instante con el recuerdo del nacimiento de mi hija pero algo no encaja. Algo hay en la escena que no cuadra. El niño se me escurre y, tontamente, pienso que no lo estoy sabiendo sujetar bien porque hay mucha sangre y se me resbala, porque he perdido práctica y ya no me acuerdo. Ni siquiera me doy cuenta de que no se mueve y no llora, estoy como atontada, colapsada por el esfuerzo, la intensidad y la velocidad de todo lo que ha pasado en los últimos minutos.

Soy vagamente consciente de que pinzan rápido el cordón y que la matrona lo corta sin protocolos, y una parte de mí quiere preguntarse algo sobre eso. Con lo que me ha costado valorar con papá la idea de que lo corte él sin caerse redondo, al final… ¿no vamos a poder? Siento pena pero, como podéis daros cuenta a estas alturas, estoy más pallá que pacá y no me estoy enterando de qué está pasando, en realidad.

Se llevan al pequeñín a una mesa en el otro extremo, encienden una luz, revolotean alrededor. Y entonces oigo una pregunta que no soy consciente de haber formulado, pero que suena con mi voz: «¿Está bien el bebé?». Pero lo digo como si estuviera pasándole a otro, no a mí, porque no puede ser. No puede ser. El miedo me quiere agarrar pero lo siento como volutas de humo alrededor de mi cuerpo, una cosa abstracta que respiro. «¿Algo va mal?» Vuelvo a preguntar pero no me quieren responder. «Lo estamos mirando todo. Ahora te decimos».

Mi marido avisa de que se va a marear. No sé qué cara le deben de ver que rápidamente le tumban en el suelo y le levantan las piernas. Me quejo. «Te necesito». «Venga, yo hago de él» me dice muy cariñosa la auxiliar. Y lo hace. Se sienta detrás de mí, me apoyo contra ella, me abraza un poco, le agarro las manos. Me sostiene, en todos los sentidos. Me miro un poco impresionada, estoy cubierta de sangre, me noto mojadas hasta las puntas del pelo. Sigo con los ojos muy abiertos pero no termino de procesar lo que está pasando. Todo queda al otro lado de una nebulosa, un entumecimiento que hace que todo me roce sin alcanzarme de verdad.

El peque llora con energía. Y aquí el relato se pierde. Lo reconstruyo porque, después, mi marido y yo lo hemos hablado mil veces. Sé que en algún momento él se levanta. Sé que la tensión de la habitación se va. Sé que le dicen, ¿quieres venir, papi? y él dice «sí, por favor» con un tono de voz que aún hoy me conmueve y va con el bebé a la mesa, bajo la luz. Sé que todo ha durado un minuto aproximadamente en total y que, en un instante dentro de ese minuto, ha pensado «se nos va».

Cuando me lo cuenta quiero llorar porque me impacta, porque en ese minuto yo no he pensado ni sentido nada coherente. Ha sido el minuto más aterrador de nuestra vida pero, curiosamente, él lo vivió en el momento, mientras sucedía, y yo viví después, uniendo fragmentos inconexos, juntando sus recuerdos con los míos, sintiendo el miedo en diferido durante las siguientes semanas, cada vez que olía la cabecita de mi niño y le miraba dormir, aunque fuera absurdo sentirlo sabiendo el final de la historia.

Hubiera borrado ese susto sin dudarlo. Ese primer minuto aterrador. La pequeña separación de los que le siguieron, mientras ellos dos estaban en el otro extremo de la habitación y yo pasaba por el trance tan desagradable y laborioso que es echar la placenta y que me libré de sentir la primera vez. Estar tan perdida cuando me lo pudieron poner de nuevo encima, mientras me cosían, yo temblaba y la matrona me intentaba hacer volver. «Mira a tu bebé, mira a tu bebé». No poder estallar de puro amor desde el segundo cero como con mi hija y tener que conectarnos de una manera diferente, más dulce pero menos inmediata, una vez pasado el shock. Es mi única pena. Aunque nunca podré agradecer lo bastante cómo nos cuidaron cuando ocurrió.

Incluso en esto, siento que mis dos partos han sido antagónicos. Mi niña no sufrió en teoría, no hizo una sola bradicardia, todo fue «bien». Pero nos trataron como una mierda y siempre he sentido que sufrió el estrés, el pánico, la angustia. Siempre he sentido que lo pasó mal, a un nivel profundo que los monitores no reflejan. Mi bebito sí sufrió objetiva y cuantitativamente, dándonos el susto de nuestra vida. Pero de alguna forma siento que él, en el fondo, no sufrió con este parto. Algo en él me lo transmite. Lo siento, soy incapaz de explicarlo sin que parezca absurdo.

Y el resto fue, lo sé, un parto por el que habría firmado con los ojos cerrados si me lo hubieran ofrecido. A pesar de que el dolor fue horroroso me siento feliz. Sobre todo porque no voy a volver a parir y no tendré que repetirlo nunca 😀 pero también porque este parto ha sanado seis años de dolor por el primero.

Parir en Torrejón ha sido la mejor decisión de mi vida. No puedo deciros más.

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5 comments

  1. patricia says:

    hola muchisimas gracias por tu relato.
    Voy a tener mi segundo bebe , tuve muy mala experiencia con mi primer parto me senti poco apoyada informada, un trozo de carne basicamente y para este segundo parto me he decidido por Torrejon ,espero que la experiencia sea mejor que la primera, aunque objetivamente no puedo reprimir mi miedo.

  2. Fanny says:

    Gracias Marta por contar maravillosamente como fue tu segundo parto. Me alegra saber que lograste sanar esas heridas y sensaciones del primero.
    Yo voy a dar a luz en el Hospital de torrejón. Di con tu página porque buscaba opiniones y experiencias. También será mi segundo parto. En el primero me pasó como a ti, ni respetado ni nada, fue frio, muy mecánico, poca empatía. Estoy de 24 semanas y siento ya miedo, intento pensar que esta vez todo será positivo y que irá bien. Ya tengo un niño de 4. Esperamos una nena para marzo de 2022. Gracias nuevamente por el contenido y espero que tu y tu familia sigáis estando bien. Abrazos.

    • Carita says:

      Hola Fanny! Mil gracias por este mensaje. Espero de todo corazón que con tu nena, en Torrejón, vivas una experiencia respetada y que sane la primera también. Un abrazo enorme

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