Angustia de separación en niños “mayores”: ¿Qué hago?

Hay muchas situaciones que suelen darse de forma natural en determinadas etapas del crecimiento y desarrollo de nuestros hijos. Situaciones ya catalogadas que podemos esperar en una edad u otra y ante las que, más o menos, podemos saber cómo actuar, aunque sea poniendo en google “crisis de crecimiento de los tres meses”, o “dolor por la salida de los dientes”. O… “angustia de separación”, esa etapa complicada que ronda el año en la que el bebé se da cuenta de que mamá y él no son la misma cosa y siente una profunda ansiedad cuando la ve desaparecer. Seguro que la habéis vivido, con más o menos intensidad. Y seguro que más o menos supisteis qué estaba pasando y cómo debíais actuar para ayudar al bebé a superarla.

Pero, ¿qué pasa si surge una angustia de separación mucho más adelante, cuando ya no es un bebé, cuando ya es “mayor”? ¿Qué hacemos en ese caso si en google no viene nada que nos ayude? Pues eso es lo que nos ha pasado por aquí las últimas semanas.

En casa pasamos la famosa angustia de separación como todo el mundo, en su momento, a su hora y con todo en orden. No duró mucho ni fue intensa porque estábamos juntas prácticamente todo el tiempo pero sí pudimos notar unas semanas de más necesidad de mamá. A los veinte meses, cuando tuvimos que plantear un destete nocturno para que yo pudiera sobrevivir, necesitó aferrarse a mí de nuevo durante unos días y volví a percibir ansiedad, angustia y miedo en ella. Sentía que me agarraba como si necesitase asegurarse de que no iba a irme, de que no iba a perderme por ese cambio tan fuerte como perder la teti de noche (por más que lo hicimos de forma sumamente respetuosa).  Las dos veces entraba dentro de lo típico, nos lo esperábamos y supimos cómo manejarlo.

Y, de repente, a punto de cumplir cuatro años, se desató el caos en casa. Y nos pilló en bragas. Porque aquí sí que no nos lo esperábamos y mr. google no ponía nada que nos sirviera, así que tuvimos que actuar como se suele hacer en la pamaternidad: como buenamente pudimos.

¿Por qué aparece una angustia de separación ahora?

Esta fue la primera tarea. Ver qué narices estaba pasando para que, de la noche a la mañana, a la peque le dieran los siete males con cosas tan básicas o cotidianas como separarse de mí unas horas para ir al cole, quedarse con los abuelos o dejar que me duchase sola.

Volver a tirar de corazones pintados en la mano para sobrellevar una despedida llorosa en la puerta del aula fue como hacer una regresión en el tiempo a la adaptación al cole de las primeras semanas, con lo que nos costó en su momento.

Tenerla sentada en la taza del WC contándome historias sólo por no alejarse de mí mientras me daba una ducha me dejó perpleja. Sé de amigas que se duchan con uno agarrado en cada pata pero, la verdad, nunca ha sido nuestro caso. La peque se quedaba tranquilita con un cuento o con sus juguetes desde hacía tiempo incluso cuando yo me duchaba estando solas en casa. La que dejaba la puerta abierta por MI tranquilidad era yo y la que preguntaba cada poco en plan sónar si todo iba bien era yo también. Ella, tan pichi.

Verla llorar desesperada al quedarse con mis suegros una tarde y alejarme oyéndola aporrear la ventana gritando “mamá, noooo por favooor mamáaaaa” me hizo volverme a casa descompuesta y confusa pero ya escuchar a mi madre contarme perpleja que no quería quedarse con ellos y pedía “ir con su mamá” me dejó patitiesa. No os digo más que a la niña, de casa de mis padres, hay que llevársela poco menos que a la fuerza cada semana. No la sacas de allí ni con agua caliente. En cuatro años NUNCA había pasado nada parecido, ni siquiera cuando tocó la angustia de separación. La “de verdad”.

¿Entonces?

Pues entonces, tuvimos que sentarnos a repasar las últimas semanas y buscar el punto de fuga que había provocado esta situación. Porque una cosa estaba clara, no pasaba “porque sí”. No era lo habitual o natural en esta etapa, porque sí, no lo estaba haciendo la niña por aburrimiento porque sí. Ahí había un motivo, un detonante. Los niños siempre hacen las cosas por algo. Y había que encontrar ese algo.

Fue fácil concluir que el detonante había sido un viaje de trabajo que yo había tenido que hacer unos días atrás, aunque nos costó comprender qué se le había podido pasar por la cabecita a ella en una sola noche de ausencia para sentir tal terror de perderme. Lo habíamos hablado largo y tendido y había sido corto. Había prometido despertarla yo misma de la siesta al día siguiente y lo había cumplido. Había parecido contenta al verme. Desde luego, no se nos había activado ninguna alarma.

Tan poco calibramos el impacto de ese viaje que, cinco días después, dimos un paso que ya fue el colofón: quitar el chupete para dormir. Llevábamos tiempo hablando del tema con ella. Es malo para los dientes, tenemos que ir reduciendo el tiempo, etc. Somos muy conscientes de que el chupete es una necesidad que provocamos los padres y, como en todo lo demás, tratamos de dejar que ella misma dé los pasos, a su ritmo. Pero por salud preventiva, viendo que ese paso no llegaba y que seguía super aferrada a él para dormir, decidimos intervenir. Y mirad que fuimos suaves, que lo hicimos desde el diálogo, que aprovechamos su propio entusiasmo al cumplir cuatro años (¡con cuatro años ya no dormiré con el chupete!) y que dejamos una pequeña puerta abierta para que fuese más progresivo (siesta sí, noche no, de momento)… pero nada.

Viaje en el que por alguna razón piensa que mamá va a desaparecer y ella se va a ir a vivir a otra casa (ays) + desaparece el objeto de apego y consuelo que me calma si me agobio y me da seguridad = niña que se cortocircuita.

¿Cómo manejarlo?

Lo he comentado varias veces tratando el tema del apego seguro: la clave para saber cómo responder adecuadamente está en comprender la demanda. Cuando la comprendemos, empatizamos mejor, mantenemos mejor la calma y, en resumen, manejamos mejor el timón del barco. Cuando no la comprendemos nos cuesta empatizar, reaccionamos en vez de actuar y somos una guía menos segura.

Comprender que un bebé de ocho meses llore como un descosido si te alejas un nanosegundo es fácil. Comprender que lo haga tu hija de cuatro años, de la noche a la mañana, cuando estamos en una etapa distinta, con comunicación y otro nivel de comprensión… no tanto. Y fue ese “de la noche a la mañana” al que yo me agarré para mantenerme centrada. Para aceptar con la máxima calma posible situaciones hiper estresantes, hiper demandantes e hiper agobiantes, de las que ya estaba desacostumbrada. En el momento de mayor trabajo, como suele suceder, en el que más necesito poder centrarme en mí.

Porque una (gran) parte de ti lo entiende, se lo imagina por lo menos, y es amorosa, disponible y segura. Pero otra (pequeña) parte de ti protesta, se agobia, se culpa e incluso se acojona (si tenéis hijos ya sabéis que cualquier comportamiento chungo da miedo en forma de predicción apocalíptica sobre el futuro). Pero, si somos capaces de comprender la demanda y actuar desde el apego, en unos días se pasa solo. Porque, lo único que tenemos que hacer es lo mismo de siempre:

1. Validar: “Estás asustada, me necesitas, estás triste”. Da igual que yo no entienda qué carajo se te pasa por la cabecita para decirme las cosas que me dices, si yo nunca te he dicho nada parecido a que “te vayas a ir a vivir a otra casa”. Da igual que un cachito mío bien dentro se agobie y quiera entrar a convencerte. Valido.

2. Estar disponible: “Estoy aquí para ti”. Estoy para ti aunque de repente me hagas estarlo 24×7 como cuando eras bebé. Estoy para ti sin condicionales, aunque yo sepa que “para siempre” no podemos estar así. Porque no va a ser para siempre, va a ser solo hasta que superes esta fase de ansiedad, y lo harás más rápido si mostramos que estamos incondicionalmente que si sientes que nos persigues mientras nos intentamos escapar

3. No dramatizar: “Ahora tenemos que separarnos un rato” es neutro. Puede ser por el cole, por trabajo o por cualquier otro motivo. Sé que tiemblan hasta las pestañas cuando tu hija aúlla de angustia por verte irte. Pero cuanto menos nos contagiemos de esa emoción, mejor podremos manejarlo.

4. Dejar que siga su curso: Tenemos esa manía siempre de intervenir, de acelerar, de acortar las cosas. Tenemos también esos miedos a qué pasará si (sobre todo si damos pasos “hacia atrás”). Y lo que pasará es que, dejando que siga su curso, igual que comenzó… terminará.

Hemos tenido a la peque una semana en cortocircuito máximo. Llanto extremo con TODO. Con verme irme, con irse ella, con cualquier cosa que le saliese mal. Miedo, ansiedad, angustia. Un extra por parte de los dos de agüita, especialmente por mi parte, que he tenido todo manga por hombro para poder estar ahí como ella necesitaba, (casi) en todo momento. Ella sola fue pasando, con nuestro acompañamiento, a una fase más liviana, con un poso de puchero y tensión pero mucho más normal y ha estado así quizá cuatro o cinco días más. A día de hoy, está prácticamente superado. Se ha quedado en la playa tan pichi con los abuelos, poniéndome audios para decirme que me quiere mucho, que me echa de menos mucho y que por favor le lleve lápices de colores porque sólo tiene uno gris. Esto ya es lo que era (fiuuu, suspiro de alivio máximo).

Porque aunque no lo comprendamos, aunque no nos lo esperemos, aunque nos ofusquemos, sólo debemos recordar dos cosas para manejar casi cualquier situación: que los niños hacen las cosas siempre por algo y que aunque una situación sea totalmente nueva, la podemos manejar como todas las anteriores. Desde el apego seguro y la empatía.

¿Te ha pasado alguna vez? Cuéntame 🙂

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2 comments

  1. Silvia says:

    Me encanta leerte.

    Sí, en las últimas 3 semanas de guardería llorando como al principio de curso al dejarle allí, y estos días de atrás con abuelos también. ¿Razón? Aún no lo he podido averiguar…

    Y siempre me gusta despedirme de él por más que algunas voces digan lo contrario.

    Espero que poco a poco vaya pasando, pero sólo de pensar en septiembre y empezar 1° de infantil…

    • Carita says:

      Hola Silvia! Los niños siempre hacen las cosas por algo aunque a veces nos cueste llegar a saber por qué. No te angusties pensando en septiembre, dos meses on un mundo. Seguro que con tiempo, paciencia y conexión va superando esta fase. Si en algún momento aislas el detonante te recomiendo que leas el post sobre verbalizar, con los más peques es una grandísima herramienta. Un abrazo grande y gracias

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