¡Estarás deseando que empiece el cole!

Estarás deseando que vaya al cole

Fuente: Pixabay

No es la primera vez que siento que voy contracorriente, que no veo o hago las cosas como la mayoría, que me callo lo que pienso sobre algún asunto porque no quiero que me miren con caras raras que me hagan sentirme de otro planeta. Me ha pasado con temas importantes que defiendo como viajar a contramarcha, aún tan poco normalizado en España. Me ha pasado con la lactancia al traspasar esos límites que la sociedad general considera aceptables e incluso normales y seguir con la teta aunque la niña camine, hable y sea eso, una niña. Me ha pasado con tenerla durmiendo en la habitación con nosotros desde el primer día, pegadita a nuestra cama y, encima, queriendo (los tres). Y me ha pasado, y pasa continuamente, con muchos de mis sentimientos como madre. En este momento, que es lo que me ocupa hoy, la palma se la llevan los que tengo acerca del cole. Porque mi hija empezó hace tres días el cole y yo NO lo estaba deseando. Es más, me estoy adaptando con ella y me está costando tanto como a ella.

El miércoles pasado, creo que fue, lo volcaba espontáneamente en Facebook. Un poco a borbotones. Fue sentarme a cenar y, de repente, necesitar teclear, necesitar sacarlo, como el que se aprieta un grano porque ya no aguanta más la molestia. Necesitaba hablar de ello.

La cena se me quedó fría pero yo me quedé aliviada. De poder poner en palabras lo que sentía y dejar de guardármelo dentro. Y de ver que no es tan extraño lo que siento, que muchas estáis igual, con esa mezcla interior de sentimientos ante el comienzo del cole, el cambio a una etapa que será totalmente diferente a esos primeros tres años y la separación inevitable que conlleva. Con emoción, con ilusión, con angustia, con miedo. Con pena.

Esta era la publicación:

– ¿Ya va a empezar el cole?
– Sí, pasado mañana…
– Ah, qué bien. ¿Ha ido a guarde?
– No, no ha ido.
– Uy, ¡estarás deseando que empiece el cole entonces!

¿Sinceramente?

Una parte de mí tiene ganas de avanzar, de tener tiempo estable para mí, de ver si puedo ir recuperando un ser profesional, de que ella socialice en condiciones y se rodee de niños en su día a día. 

La otra parte duda si realmente lo mejor para ella es separarnos tantas horas al día (yo que antes de ser madre pensaba que los niños de tres años ya eran niños “grandes”… y lo peque que la siento aún) y, sobre todo, siente mucha, mucha pena anticipando esa separación.

Sé que soy una privilegiada por no habérmela perdido estos tres años y tres meses que hemos pasado juntas, que hemos vivido juntas cada día, completo, que hemos dormido y despertado juntas. Sé que la mayor parte de las mamás debe separarse muuuucho antes de sus peques. Pero por eso mismo también me cuesta más. Porque llevamos, sencillamente, demasiado tiempo juntas como para no sentir que es mi normalidad.

Así que no, deseando que empiece no estoy. Más bien estoy asimilando que empieza, mirando el lado positivo y tratando de aceptar el negativo, echándola de menos anticipadamente cada mañana que pasamos juntas y me mira mientras jugamos, o limpiamos, o nos aburrimos, o lo que sea, y me dice:

– Mamá…
– ¿Qué, cariño?
– Que te quiero mucho
– Y yo te quiero mucho a ti…

Lo que voy a echar de menos esas mañanas las dos solas no está escrito ni podría escribirlo yo, porque me faltan las palabras. Despertarnos sin prisa ni alarmas, remolonear en la cama “moseando” conmigo (mimoseando), desayunar tranquilas, idear toboganes para que se tiren los peluches desarmando media casa. Ay. Ojú, cómo estoy.

Me encantaría que pudiéramos pasar tres o cuatro meses más con nuestra rutina actual, darle un poco más de margen para que siga creciendo ese poquitito que siento que le falta para dar este paso, disfrutarla un poco más a todas horas, hacerme bien a la idea. Pero ya se terminó la cuenta atrás y llegamos al día D.

Resumiendo. Le va a costar más adaptarse a la madre que a la hija. Lo veo claro. ‍♀

Mañana es nuestro último día antes de que todo cambie. No me van a despegar de ella ni con agua caliente 

Han pasado siete días desde que lo escribí. De esos siete, ya hemos ido cuatro al cole, así que estamos inmersas en el período de adaptación. Y uso el plural, sí, porque yo también necesito adaptarme a este cambio. Porque también me quedo revuelta cuando nos separamos (de momento la entrada al aula no está yendo muy allá). Porque cuando voy a recogerla y nos sonreímos de alegría al vernos ella no es la única que necesita estar pegada a mí para convencerse de que, aunque metamos esta nueva variable en nuestras vidas, seguimos aquí las dos. Yo también estoy necesitando pegarme a ella. Lo necesito como el aire.

Creo que siento el mismo miedo que siente ella, el mismo vértigo, la misma mezcla encontrada de emociones ante todo lo “bueno” y “malo” que nos trae esta nueva etapa que empezamos, solo que yo lo comprendo mejor y tengo más herramientas para manejarlo. Ella no las tiene todavía pero me tiene a mí, para aprender y para apoyarse en lo que aún no sabe, así que tendremos que andar este camino juntas, como hemos hecho con todo lo anterior.

Aún así, me cuesta. Silvia Díaz lo describía perfectamente el otro día en un post sincero y precioso:

“Han sido tres años de unión, de crianza en casa y de una conexión tan brutal que cuesta soltar lazos. Cuesta preparar tu mochila, tu baby y todo lo que vas a necesitar para empezar el “cole de mayores” sin sentir una presión en el pecho difícil de describir.”

El viernes me volví andando a casa desde el cole en cuanto la dejé. Ese primer día, por lo menos, sí entró tranquila, así que no encontré un motivo lógico para llevar la mano en la boca del estómago la mitad del camino, como si necesitase sujetarme los sentimientos. Era esa presión que muy bien definía Silvia, tan difícil de explicar.

Nos tendremos que adaptar, las dos.

¿Y tú? ¿Qué sentiste cuando tus hijos empezaron el cole? Este espacio se nutre de tus comentarios, déjame uno 🙂

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4 comments

  1. Alina says:

    Gracias, has clavado mis sentires!!! Nuestros pequeños están iguales de edad (la mía de julio ’14) y también pasamos los 3 años felices compartiendo nuestro día día juntas.
    Siento alegría por ella, porque tendrá muchas horas de juego con otras personitas de su edad, salidas, teatro, manualidades,… pero dejarla siendo aún pequeñita durante tantas horas, no lo tengo del todo claro tampoco…
    La voy a observar mucho, sentirla y aprovechar al máximo las horas que tenemos después juntas y mientras tanto, durante el horario escolar, volver a dedicarme al a mi misma! Que esto va a ser aún más ricas nuestras horas juntas por la tarde

    Te mando un abrazo!
    Alina

    • Carita says:

      Hola Alina! Es que es complicado, verdad? Yo estoy llena de sentimientos encontrados. Aun así, una parte de mí sabe que de igual forma crecerá, hagamos lo que hagamos con el tema cole. Creo que se nos han juntado demasiados pasos y cambios a la vez y por eso en mis sentimientos hay tanta mezcla. Me parece un plan perfecto el que tienes pensado, observar, sentir, recuperarte y disfrutarla. En cuanto yo consiga adaptarme a esto, me lo aplico también 🙂 De momento estoy con el malabarismo de madrugar y tener horarios fijos y estructuras marcadas desde fuera tras tres años siguiendo solamente nuestra brújula y nuestros ritmos. Un abrazo enorme!

  2. Sabina says:

    Mi peque sólo tiene año y medio y no va a la guarde, así que todavía no he vivido esa experiencia. Aunque trabajo desde que cumplió 2 meses, mis horarios son irregulares, casi nunca llego a las 8 horas fuera de casa, así que pasamos muuuuucho tiempo juntos. Aún así, me siento totalmente identificada con tus palabras, cuando pienso en ese proceso lo siento como tú lo cuentas, y me resulta tan difícil que es algo para lo que dejo muy poco espacio en mi mente, lo justo para ir asumiendo la realidad poco a poco. Mucho ánimo a las 2 🙂

    • Carita says:

      Muchas gracias Sabina 🙂 Los cambios siempre cuestan porque, aunque traen cosas buenas, también se quedan otras por el camino que se echan mucho de menos. Un abrazo!

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