Yo no disfruté de mi embarazo

Fuente: Pixabay

Yo no disfruté de mi embarazo. Ya está, ya lo he dicho. Y ya me sobrevienen oleadas de culpa y vergüenza, como si esta fuese la confesión más horrorosa del mundo. Me siento desnaturalizada, insensible, absurda y mala. Porque el embarazo siempre se disfruta. O no.

Por supuesto, sí hubo momentos maravillosos. Verla saltar como una pequeña ranita de 6 cm en la eco de las doce semanas fue de las experiencias más emocionantes y conmovedoras de mi vida. Hasta el dedito se chupaba, cosa que parecía imposible siendo todavía un renacuajo, en el sentido más literal. Aquel día FLOTÉ. Aquel día flipé. Aquel día lloré, y fue de felicidad y emoción.

Y, por supuesto, hubo días buenos, ratos buenos, semanas buenas, sentimientos buenos. Me acariciaba la barriga en automático, como si fuera un Buddha de la suerte, con una ternura maternal que no era pensada, que era puro instinto. Papá llegaba a casa por las tardes y cantaba Un elefante se balanceaba mientras la tripa daba saltitos. Y aquello… molaba inmensamente. Son fotogramas que se quedan registrados en el fondo de la retina. Para siempre.

Y la quería. La quise desde el momento en que salió “Embarazada” y me quedé mirándolo como una tonta sin poder reaccionar. La quise cada minuto de mi embarazo. Habría dado cualquier cosa por mantenerla a salvo.

Pero, si tengo que ser sincera, y este post es para eso, para tratar uno de esos temas tabú de la maternidad y la gestación, porque estoy segura de que no soy la única que se ha sentido así, yo viví mi embarazo desde dos emociones negativas que me impidieron disfrutarlo: la incomodidad y el terror.

¿Qué ocurre cuando empiezas a tener arcadas continuas un día tras otro? ¿Cuando, durante muchas semanas, comer se convierte en un acto de supervivencia pura y de control de daños?

Todavía recuerdo una noche en particular en la que papá, preocupado, me preguntó qué me podía preparar para cenar. Repasamos un alimento tras otro con la consiguiente arcada, respiración profunda y negación con la cabeza hasta que imaginar una opción no me volteó el estómago: un sandwich de queso, dije con la boquita pequeña, por si acaso. Una rebanada de pan bimbo con una triste loncha de queso fue lo único que me sentí capaz de comer en muchas horas en las que no toleré nada.

Recuerdo también cómo rugía encerrada en el baño porque había detectado que papá había traído frutos secos sin querer a casa en el maletín del trabajo, que estaba en el otro extremo y con dos puertas por medio. Pero el olfato de pastor alemán del embarazo traspasa hasta los tabiques de hormigón armado y los nuestros son de pladur, me temo. Recuerdo cómo le gritaba cuando me insistía en que ya había cerrado la cremallera del maletín pero yo seguía notando el olor que me ponía aquel cuerpo del revés: Saca esoooo de MI casaaaaaaa, no quiero esoooo en MI casaaaaaaa. Él se acuerda también.

Recuerdo que me sentía enferma, enferma de verdad. Que todo el mundo me felicitaba y me miraba con ilusión esperando oírme decir algo bonito y yo… yo no sabía cómo sentirme. El concepto teórico de estar embarazada me enternecía muchísimo pero en la práctica estaba hecha una auténtica mierda. Todo me daba asco, todo me daba náuseas y mal cuerpo, todo me daba arcadas. Me sentía enferma, agotada y deprimida. Contaba los días para salir del primer trimestre. Se me hizo eterno.

Diría que fue como tener una gastroenteritis durante tres meses pero cualquiera que haya tenido náuseas en el embarazo sabe que es mucho peor. Distinto. Más completo, más global, un mal cuerpo que aunque se concentre en el estómago lo ocupa todo. Es como ponerse del revés, entera. Era sentirme como si mi cuerpo fuera mi enemigo. Nunca pensé “para qué me habré metido en esto” porque yo tenía claro que quería ser madre pero sí pensé “esto es una mierda”. Y eso me hacía sentir fatal.

Y sentía envidia, una envidia que dolía cuando hablaba con alguna otra mamá del foro en el que estaba entonces y me decían “uy, pobre, pues yo no he tenido ninguna náusea, tengo mucha suerte, yo estoy disfrutando cada segundo de este embarazo, soy más feliz que nunca”. Cuando me contaban que se sentían pletóricas y llenas de energía, que todo el mundo las veía más guapas, que echaban más pinchitos que el bar de la plaza a la hora del aperitivo. La vida era bella y yo era la única gilipollas que se la pasaba verde, parándose por la calle a respirar profundo porque veía una tortilla de patata en un cartel y LA FOTO le daba arcadas. Tristemente, pinchitos, ni el de tortilla.

La verdad, así me era muy difícil disfrutar.

Como todo pasa en esta vida, aunque nos parezca eterno, sobre la semana 14 las náuseas fueron desapareciendo y pude dejar atrás mi intensa historia de amor con el Cariban. Pensé: ahora llega lo bueno. Por fin disfrutaré mi embarazo como una persona normal. Pero poco a poco empezó a hacerse hueco otra emoción: el miedo.

Primero era el miedo a lo que pudiera suponer para esa bebita que crecía en mi interior todo aquel remolino de malestar y malos sentimientos. Recuerdo en particular una noche que lloré en el baño desconsolada, reventada de hormonas y culpa, porque me preocupaba que pensase que no la quería y “se suicidase”. Aquel día a papá le costó consolarme y le costó también no reírse, pero a mí el miedo a que algo saliera mal me atenazaba. A que saliera mal por mi culpa, por lo mal que yo estaba llevando el embarazo. ¿Y por qué lo llevaba tan mal, si había sido deseado y esperado con ilusión? Eso me torturaba. Eran los ratos malos. Los momentos de oscuridad.

Hubo una etapa en el segundo trimestre en la que me reconcilié con mi embarazo pero, de alguna manera, seguía sin disfrutarlo de verdad, del todo, seguía sin sentirme como mis amigas embarazadas, radiantes y encantadas. Y conforme pasaban las semanas, aunque intentaba sentirme como debía, en realidad yo lo que me sentía era asustada. Sentía que había perdido el control sobre mi cuerpo y ese proceso mágico y maravilloso que se desarrollaba dentro de mí inconscientemente me ponía tensa. Ese susto que tenía de fondo me impedía conectarme del todo, me mantenía un poco disociada. Cuando ya tenía una buena barriga y la peque bailaba sardanas dentro yo sacaba el móvil para grabarlo. Y quería sentirme feliz, sin más, 100% feliz, mira mi niña cómo se mueve, mira qué cosa más alucinante. Pero una parte de mí miraba con pasmo cómo se deformaba mi cuerpo y pensaba en esa escena de Desafío Total en la que al líder de la resistencia le… bueno, dejémoslo.

Llegué a sentir verdaderas ganas de que naciera la peque. Y una enorme tristeza por desearlo, por no querer exprimir cada minuto en que la tenía dentro y éramos una, antes de que todo eso se perdiese para siempre, por no estar sabiéndolo hacer como querría. Os podéis hacer una idea del desconcierto que me invadía, de la culpa y de lo que me pude comer la cabeza en la segunda mitad del embarazo, más aún estando hormonal perdida.

¿Por qué me sentí así? ¿Por qué lo llevé tan mal, me asusté tanto, no me supe conectar? Me lo he preguntado tantas veces estos años. Y no lo sé. No lo sé.

Quizá por primeriza. Quizá porque estaba más hormonada que los pollos. Quizá fue el terror visceral que me daba ese parto que se acercaba mes a mes, por mucho que me hubiera lanzado a la maternidad de un salto, como quien se tapa la nariz y se tira del trampolín con los ojos cerrados para no ver la altura y atreverse. Quizá el miedo me llenó de catecolaminas, de estrés, me cerró y me bloqueó. Quizá eso me paralizó. Como en el parto.

O quizá fueron las expectativas. Quizá me metí en el embarazo esperando una utopía y luego no supe encajarlo. Quizá pensaba que aquellos nueve meses serían una eterna tarde acariciándome la tripa, mientras yo flotaba plácida sintiendo sólo cosas buenas y maravillosas. Quizá no supe qué hacer con esas emociones negativas, con el malestar, con el miedo, con la frustración, con la culpa. Con pensarme inútil, incapaz, defectuosa o simplemente tonta de capirote. Y con la deprimente sensación de que todas disfrutaban de su embarazo al mil por mil… menos yo.

¿Y tú? ¿Cómo te sentiste en tu embarazo? ¿Te sientes identificada con algo de lo que cuento?

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8 comments

  1. Zoe says:

    Pues yo tuve un embarazo muy bueno, tuve vómitos un sólo día, y al final del embarazo ardores y algo de ciática. Sin embargo, no disfruté nada de mi embarazo, y no me acariciaba la barriga prácticamente nunca, es más me molestaba exageradamente que me tocaran la barriga y que me felicitaran por estar embarazada, y ni qué decir que me dijeran que disfrutara.
    No fue un embarazo deseado y no me sentía bien, de hecho, ahora pienso que más bien estuve deprimida. Así que como no me sentía agusto, pasé de cuidarme (evidentemente no comía las cosas que no se pueden, ni hacía sobreesfuerzo, ni nada de eso).
    Pero no me sentí feliz ni por asomo, y creo que en ningún momento que duró el embarazo, lo peor era aparentar que sí lo estaba, y me sentía super culpable por no lograr estar feliz.

    Un beso

    • Carita says:

      Hola Zoe! Cuánto lo siento… me imagino que al ser no deseado todo es mucho más complicado porque se mezclan emociones y sentimientos negativos que no suelen estar en un embarazo buscado. Espero que con la maternidad sí te sintieses muy feliz. Un abrazo grande

  2. Almudena says:

    Pues te entiendo muy bien, yo disfrutar poco, estaba feliz porque iba a ser mamá y me emocionaba mucho la idea de vivir un embarazo, pero la verdad me pasé literalmente, los 4 primeros meses vomitando, y con la sensación de mareo constante, ese mal cuerpo que no se te quita nunca… Vomitaba por la calle, en le trabajo, en el metro… Iba con bolsas de plástico en el bolso, porque en cualquier momento venía el vomito y no lo podía controlar. Adelgacé 5 kg, ahí me asusté porque pensaba que algo le podía ocurrir al bebé al estar yo tan mal, pesaba 47 kg y parecía recien salida del casting de walking dead, por suerte, él intacto, el papá y yo lo llamábamos “pequeño alien” porque se alimentaba de mi y me consumía.
    Los vómitos se extendieron durante todo el embarazo, pero a partir de los 4 meses eran esporádicos.
    Tuve calambres, sueño agotador, acidez y hemorroides, todo el combo.
    Tb tenía amigas embarazadas que no sabían lo que era tener una nausea y tb las envidiaba, mucho.
    Me acuerdo un día que lloraba porque no podía más y a la vez decía que estaba muy feliz, mi marido me miraba con cara de “se volvió loca”
    En fin, el embarazo no fue mi estado ideal, es como que sentía que no era yo, es raro… pero el resultado es maravilloso.
    Ah! Yo tampoco podía parar de acariciarme la barriga, jaja.

    • Carita says:

      Hola Almudena! Jajaja, lo de la tripa es que no falla. Todas sacando brillo 🙂 Es una necesidad irreprimible, ¿verdad? Yo un día me pasé un trayecto de coche de 20 min olfateando como un mastín porque me olía a podrido y no sabía qué era. Era un poso casi inapreciable de humedad en el cinturón, que se había mojado con la lluvia el día anterior. Y también pensé que me había vuelto loca (y mi marido, hasta que encontramos qué era lo que yo olía con tanta insistencia). El resultado… inigualable… Un abrazo!

  3. Maite López says:

    Yo no tuve demasiadas náuseas pero no lo disfruté nada. Tenía algo de anemia y solo quería dormir a todas horas, siempre cansada, arrastrandome por todos los sitios…. Estreñimiento hasta que me salió una fisura, hambre a todas horas, insomnio…Y encima todo el mundo venga a decirte “disfrútalo” y yo que no veía qué es lo que había que disfrutar. Siempre me ha parecido que el embarazo es un castigo con premio al final por la paciencia
    Aaaa y el “despiste” permanente, guardaba las cosas en otros sitios y luego no encontraba nada. Eso sí, yo también me pasaba el día acariciando me la barriga como si fuese a sacarle brillo

    • Carita says:

      Hola Maite! Lo de la barriga es que sale solo, todas como si fuera a salir el genio de la lámpara 🙂 A mí lo que más me afectaba era conocer a otras embarazadas que realmente se sentían pletóricas y preguntarme ¿por qué yo no? Un abrazo grande

  4. LBOOGALOO says:

    Hola! Pues yo lo viví a medias también…náuseas infinitas, lumbalgias eternas, una amniocentesis de urgencia porque le veían la cabeza pequeña, resonancias magnéticas de la tripa, pruebas genéticas…mareos, macrosobrepeso…vamos, una gloria de embarazo, se supone que tenía que sentirme pletórica? y yo no era primeriza!
    Pero creo que todo entra dentro de “lo normal”, y debemos normalizarlo; sentirnos así durante el embarazo, cada una con sus historias, no significa que no adoremos a la/as criaturitas que llevamos dentro y que no nos sintamos felices por estar encinta. El miedo, esas sensaciones/emociones que te embargan y no puedes controlar…son la cara B del embarazo, porque casi nadie lo cuenta, pero están ahí y en mayor o menor medida vas a sentir alguna de esas molestias, por qué sufrirlo en silencio? Chicas, no pasa nada por no ser la “madre coraje” todo el tiempo, culpabilidad 0, que somos personas no máquinas! Bueno, un poco máquinas sí, pero máquinas de dar amor! BESOS.

    • Carita says:

      Ay, la cara B del embarazo… Menudo susto esa amniocentesis de urgencia! Pues sí, nos exigimos mucho 🙂 Un abrazo!

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