Cuando la pareja se resiente al tener hijos

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Foto: Pixabay

Tener un hijo es una bendición y una alegría. Pero también puede suponer una prueba de fuego para la pareja. Son muchos los cambios que supone pasar de pareja a familia y a veces nos pueden superar. En estos casos, la pareja se resiente y, dependiendo del nivel de amor, intimidad, confianza y compromiso previos a la llegada del bebé, lo gestiona con mayor o menor fortuna. Papá y yo nos queríamos a rabiar y estábamos muy unidos y, aun así, hemos tenido que capear el temporal como buenamente hemos podido. Porque uno no nace sabiendo y se enfrenta a los cambios lo mejor que sabe que, a veces, no es mucho. Quitando el problema de privación de sueño que hemos vivido, con la altísima carga que conlleva en desgaste y estrés vital, no nos ha pasado nada especial. Nada raro. Nada que no pueda haberte ocurrido a ti, con la llegada del primer bebé.

Ahora, con la inminencia de nuestro aniversario de boda, me ha dado por reflexionar sobre este tema e intentar hacer un pequeño listado de aquellas situaciones que pueden suponer un obstáculo para la pareja y una fuente de tensión entre dos personas que se quieren. Situaciones habituales que podremos manejar con mayor acierto si comprendemos por qué suceden y qué implican para cada miembro de la pareja.

1. Cansancio

Dicen que no sabes lo que es estar cansado de verdad hasta que tienes un hijo. Bien, para dudosos y escépticos, diré se trata de una verdad como un templo.

Desde el momento en que el bebé entra en nuestras vidas, perdemos durante unos años esa bendita libertad de elección que siempre hemos tenido. Pensamientos del tipo «estoy agotada, me parece que paso de cenar y me acuesto temprano» o «necesito despejarme, ¿nos ponemos un par de pelis y olvidamos el mundo?» quedan desterrados de repente porque una pequeña personita depende exclusivamente de nosotros.

Una personita que hay que seguir alimentando, bañando, atendiendo, consolando, durmiendo y vistiendo sin importar lo agotados que estemos. Una personita inocente e indefensa que se convierte, desde el segundo en que nace, en La Prioridad. Y eso significa, resumiendo mal y pronto, que la que más importa es ella y los que menos importamos somos nosotros.

Criar a un bebé es una labor exigente, y sentir que uno no puede tomarse respiros a voluntad como antes, puede hacer que el cansancio se nos vaya acumulando. Que nos volvamos más gruñones y  nos movamos por la vida con las pilas a medio cargar.

Si, además, nuestro peque se despierta muchas veces cada noche o responde al perfil de Bebé de Alta Demanda, el cansancio puede llegar a agotamiento extremo en pocas semanas. El agotamiento extremo hace que nos limitemos a «sobrevivir» y aguantar el tirón y no tengamos energía, mente ni corazón para más. Esto no significa que dejemos de querer a nuestra pareja pero las situaciones de tensión pueden multiplicarse por el simple hecho de estar reventados.

¿Cómo sobrellevarlo?

Con paciencia. Qué remedio. Hay épocas agotadoras. Pero pasan. Si tenéis conciencia de la temporalidad de determinadas situaciones, será mucho más llevadero.

2. Síndrome del «Príncipe Destronado»

El vínculo entre madre y cría es poderoso, salvaje, primario, y se impone sobre todo lo demás. Eso hace que papá, que hasta ahora lo era todo, la otra mitad de esa unión entre los dos, pueda sentirse desplazado. Generalmente, esto sucede al principio, hasta que se asienta la nueva dinámica familiar y papá comprende que el bebé no es una amenaza para el lazo de amor que comparte la pareja pero, en ocasiones, la situación puede empeorar.

En su necesidad de confirmar que es amado de la misma manera, puede colocar a la madre en una posición muy difícil de gestionar. Especialmente cuando ella siente que las cosas no han cambiado entre ambos y busca su apoyo, soporte y comprensión.

¿Cómo sobrellevarlo?

Comprendiendo que cada vínculo es distinto y los sentimientos de la madre hacia su bebé son imposibles de contener ni medir. Que eso no significa que la pareja no siga amándose de la misma manera, aunque las cosas hayan cambiado aparentemente. Y que el lugar que puede ocupar papá, sosteniendo y protegiendo a ambos durante esta etapa tan íntima y natural, no sólo no es el peor sino que es sumamente importante para el bienestar de la familia.

3. Pérdida de intimidad física

En una sociedad donde las mujeres parimos mayoritariamente siendo víctimas de distintos grados de violencia obstétrica, el parto puede suponer un auténtico trauma. Tanto el miedo y el dolor sufridos como las secuelas físicas (desgarros, episiotomías, prolapsos…) pueden dar coletazos durante mucho tiempo. ¿Imaginas cómo afecta todo eso a la intimidad física con la pareja? ¿Imaginas lo que supone de cara a la vida sexual previa?

Por otro lado, las mujeres nunca nos sentimos igual con nuestros cuerpos tras ser madres. Los cambios son inevitables y no siempre agradables: una teta de cada tamaño según lo que coma el peque, pezones que no tienen nada que ver con los que hemos tenido toda la vida, cambios de peso, estrías, cicatrices, pérdida de firmeza… Aunque nos recuperemos muy bien y los cambios sean minúsculos, hace falta acostumbrarme a esa nueva YO del espejo.

Y, por último, nuestra gran compañera en la maternidad: las hormonas. Esas hormonas que antes te hacían saltar como una fiera con cualquier tontería o te ponían como una moto en la cama, ahora pueden dejarte la libido a cero o hacer que vivas en una nube en la que amamantar a tu cría es lo más increíble del mundo a nivel físico.

¿Cómo sobrellevarlo?

Dándonos tiempo y espacio al «duelo» por el cuerpo que teníamos y por lo que vivimos en el parto. Actuando como un equipo aunque temporalmente un área de la pareja quede en cuarentena y aunque esa cuarentena dure más de lo esperado. Y sin olvidar el contacto físico: abrazos, besos, manos enlazadas y cuerpos juntitos al ver la tele. Volver a ser novios quinceañeros tiene un aspecto tierno. Ya llegará de nuevo el salto del tigre. Tiempo al tiempo 🙂

4. Distinta percepción de los esfuerzos

¿Quién se esfuerza más? ¿Quién acaba el día más cansado? Es muy común para el que vuelve primero al trabajo (generalmente papá) sentir que es él quien más está «trabajando»: al terminar la jornada de curro, toca volver a casa y… seguir currando, lo que es, claramente, un sobreesfuerzo.

Sin embargo, para quien se queda en casa (generalmente mamá) las cosas no son coser y cantar. Criar un bebé es agotador, especialmente los primeros meses. Un trabajo solitario y poco reconocido en el que te sientes muchas veces desesperada por un respiro, un «salir a tomarme un café» que queda muy lejos porque, por no poder, muchas veces no puedes ni ir a hacer pis en HORAS.

La intensa responsabilidad de cuidar de una criatura que depende de ti para todo, sumada a la «despersonalización» que se siente cuando todo tu día gira alrededor del bebé, hacen que muchas veces sientas que no puedes más. Que si no sales sola cinco minutos a la calle a despejarte, a llorar o a pegar cuatro gritos, estallarás. Y no es el estado ideal para que nadie te diga que «lo tuyo es más fácil» porque estás en casa a tu rollo.

¿Cómo sobrellevarlo?

Con mucha empatía, no hay otro camino. Comprendiendo que no podemos ponernos totalmente en la piel del otro a la hora de valorar su esfuerzo y su cansancio. Intentando no hacer mucho caso a las frases que pueden hacernos saltar porque no vamos a ganar nada si lo convertimos en una competición de quién hace más. Y podemos perder mucho.

5. Modelos de crianza dispares

Por mucho que creamos pensar de la misma forma, nunca es así. Cada persona es «de su padre y de su madre». Y eso significa que tu pareja se ha criado con unas normas y un funcionamiento y tú con otro. Si vuestros caracteres, vuestra perspectiva en la crianza y vuestros valores son similares, los problemas que surjan por el camino serán fáciles de solucionar. Pero si tú eres de «déjalo en la cuna que ya se cansará de llorar» y tu pareja aboga por el colecho, si tú buscas una crianza respetuosa y tu pareja es autoritaria, si tú quieres dejar que explore y juegue y tu pareja es maniático del orden, pronto saltarán chispas.

¿Cómo sobrellevarlo?

Dialogando. Mucho. Más cuanto más dispar sea vuestra perspectiva. Negociando y encontrando puntos de acuerdo a la hora de tratar cada situación. Cuando haya guerra, buscad la forma de firmar la paz.

Y, sobre todo, en cualquiera de estos casos: nunca perdáis la fe en vosotros. Sólo hay que encontrar un nuevo equilibrio, como pareja y… como familia. La que habéis formado LOS DOS.

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2 comments

  1. Alejandra says:

    Muy interesante yo y mi pareja apenas discutíamos. Antes de nacer el pequeño que ahora tiene casi 3 meses y desde que nació era una locura yo pensaba y esto es normal …. Debería ser todo lo contrario pero claro el cambio es tan fuerte que es normal que salten chispas hasta que un día salimos solo de cena y cine y aún así había un poco de tensión fue hablarlo y desde entonces discutimos mucho menos por no decir casi nada pero yo aún me siento que necesito tiempo para volver a ser yo y mirarme al espejo y reconocerme . El pobre está a dos velas pero de momento paciencia y tiempo al tiempo lo mejor es hablar las cosas cuando algo no funciona bien en vez de entrar en esa guerra absurda de quién hace más y quién hace menos…. saludos .

    • Carita says:

      Gracias por compartir tu experiencia 🙂 El estrés y el cansancio hacen mella y además, todo cambia de la noche a la mañana. Ánimo, poco a poco te irás sintiendo tú de nuevo. Respeta tu ritmo y lo que necesitas y, si unas áreas quedan cerradas temporalmente, invertid más en otras. La intimidad consta de muchos factores. Un abrazo!

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