Ser una marea o un tsunami

Fuente: Pixabay

Creo que, a poco que alguien me lea con algo de atención, es evidente y cristalino que soy firme defensora de la contramarcha. No sólo estoy informada y llevo así a mi hija (lo que más cuido en el mundo) sino que llevo más de tres años de mi vida intentando informar sobre el tema en la medida de mis posibilidades: en mi entorno, como fisioterapeuta, desde el blog o creando campañas de concienciación que me suponen infinitas horas de mi tiempo. Horas que destino a ello porque me preocupan los hijos de otras personas. Si no fuera así me quedaría en mi casa con mi hija y pasaría de todo, porque la mía viaja segura. Pero me preocupa que muchos otros padres puedan estar llevando a sus hijos en riesgo SIN SABERLO. Y hago cuanto está en mi mano para combatir la desinformación y que tengan en su mano los mismos datos que tengo yo.

Pero, y es un pero importantísimo, creo firmemente también que hasta aquí llega mi derecho sobre los demás. Hasta informar. Desde el respeto.

Y respeto no significa decirte mil veces la misma cosa hasta que te gano por cansancio, o te ganamos entre todos, yo y mil personas más a las que pido ayuda. Respeto no significa avasallarte porque, sí o sí, te voy a hacer cambiar de opinión.

Respeto supone decírtelo, asegurarme de que has recibido lo que te ofrezco y respetar tu próximo paso. Aunque ese paso sea necesitar tu tiempo para procesarlo desde tu forma de ser y actuar o ignorarme, seguir haciendo las cosas a tu manera y que tus hijos sigan viajando en riesgo aunque tú LO SEPAS. Respeto es no interferir en eso, porque tú tienes toda la información en tu mano y yo ya hice todo lo que estaba en la mía. Respeto es comprender que sobre tus hijos decides tú, al margen de lo que yo piense (y sienta 😩) acerca de tus decisiones o de los riesgos que corres. Respeto es aceptar la frustración que me suponga no haberte hecho cambiar de idea con mi información en algo tan vital y la rabia que me pueda producir eso. Sin presionarte. Sin amenazarte. Sin insultarte. Sin despreciarte. Si no, no es respeto.

Y sin respeto no llegamos a ninguna parte, vayamos mirando al frente o a contramarcha.

Soy la primera que sabe que el tema de la contramarcha no es “opinable” ni una cuestión de crianza, como lo son muchos otros asuntos que también viven día a día en la polémica. Sé que es pura física, sé que las lesiones que puede producir son terribles, sé muy bien lo que está en juego. Pero también sé que, hoy por hoy, queda mucho camino por recorrer para crear conciencia y hacer que, en el inconsciente colectivo, el riesgo de viajar a favor de la marcha en los más peques sea tan común y evidente como el riesgo de dejar que se sienten en el alféizar de la ventana. Desde mi punto de vista, ese camino pasa por informar, conseguir respaldo en medios de comunicación y buscar que las autoridades competentes den los pasos que LES CORRESPONDEN para prevenir este riesgo generalizado (ellos sí tienen el derecho y el deber de impedirlo)… y en eso me enfoco.

Y entiendo que para otra persona pueda pesar más esa parte visceral que quiere gritar de pensar en el riesgo, como escribí en el país sin gravedad. Lo entiendo. De verdad. Yo también siento la pulsión en las tripas. Pero cuando se crean cadenas por whatsapp o llamamientos en grupos de Facebook, ya no sólo cuenta lo que cada persona diga en su mensaje (la mayoría correctos y respetuosos) sino que entra en juego un factor añadido, la MASA. Y que, de repente, se te eche encima una masa de gente con un mensaje, a mí me parece que más que convencer lo que va a lograr es intimidar y crear rechazo a partes iguales.

La marea de padres concienciados que se ha ido creando a lo largo de los años gracias al trabajo y la implicación de todos los que sabemos un poco sobre este tema es una herramienta muy poderosa. Y, como todas las herramientas, puede usarse bien o mal. Tanta gente divulgando un mensaje puede ayudar MUCHO a que las cosas cambien, con un crecimiento exponencial de padres informados que, a su vez, informan. Eso es increíblemente positivo y, en este sentido, a la hora de emprender campañas de concienciación, esa marea puede impulsar este barco en el que todos remamos mucho más lejos.

Pero quizá haya una reflexión pendiente sobre si, cuando alguien publica algo en su espacio personal, es bueno “reclutar” para una respuesta en masa. Si los llamamientos no hacen que esa marea se convierta en un tsunami.

Porque en estos casos no estamos hablando de presionar a las autoridades competentes para que se muevan de una vez por todas en este tema vital o de una respuesta en masa contra una política comercial de establecimientos que quieren vender como seguro lo que no es, situaciones en las que una oleada de protesta y denuncia como padres/clientes (el público al que se dirigen) puede hacer que se retire un sorteo o publicidad que duela ver. No. Cuando alguien publica algo en su espacio, estamos hablando de una respuesta en masa hacia una sola persona. La que esté tras esa foto en Instagram o ese muro de Facebook y de pronto se ve arrollada por todos los flancos.

Ya sin hablar de si es lícito o ético y yendo a lo práctico: ¿es útil para “convencerla”? Yo pienso en mi forma de ser, que hace que cuando entro en una tienda y se me echa encima una dependienta salga por patas aunque algo me guste, y tengo muy claro lo que ese tsunami provocaría en mí. Agobio máximo, intimidación, saturación, rechazo, enfado incluso. Ganas de todo menos de escuchar.

Soy firme defensora de la contramarcha. Pero no a cualquier precio ni de cualquier forma. No cargando contra cualquiera. No imponiendo. No invadiendo. No haciendo muchas cosas que veo casi a diario, y que me preocupan porque hacen un flaco favor a esta lucha.

Porque esos llamamientos continuos me hacen pensar en los fans de los concursantes de los reality shows que se organizan para ir esta semana a por uno y la siguiente a por el otro y que se salve el suyo.

Porque, como masa, quizá estemos creando la impresión contraria a lo que nos mueve como individuos, que nace del amor y la preocupación por los niños, sean de quien sean.

Porque, además, hacen que a todos nos metan en un mismo  saco, los que respetamos (comentando o no) y los que no (los que insultan, desean el mal ajeno, asedian a privados o amenazan).

Porque gente que apoya el mensaje se está bajando del barco incomodada y gente que no ha tenido ocasión de informarse le está cogiendo manía a la contramarcha debido a estas cosas.

Porque quizá no sea la forma adecuada de luchar y, quizá, tengamos una reflexión pendiente para que esta marea tan positiva e inspiradora no acabe convertida en un tsunami del que la gente huya sin escuchar.

¿Y tú? ¿Eres defensor/a de la contramarcha? ¿Qué opinas acerca de este tema? Cuéntamelo en comentarios 🙂

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2 comments

  1. Ratoncito says:

    Bien dicho. No he seguido mucho el caso del que hablas pero vi algunas reacciones y mensajes publicas por el face y tampoco me parecio una manera correcta de actuar. Yo misma fui una de las grandes defensoras de ACM ya hace varios años pero ultimamente…me baje del barco un poco, por todo el mal rollo este que describes. Me limito a explicar a los amigos que van a tener un bebe, a aconsejar si me lo piden, recomendar la tienda donde se que les atenderan bien…pero ahi se acaba la cosa. Se que varios niños de mi alrededor viajan seguros tambien gracias a la info que le di a sus padres en su dia, por haberles insistido y explicado, y con eso me quedo.

    • Carita says:

      Es una verdadera pena, siendo algo tan importante y que nace de un sentimiento tan positivo. Nunca he creído en eso de que el fin justifica los medios y, por mucho que el fin sea vital, hay medios que se usan que no comparto. De ahí la reflexión. Comprendo tu sentir. Yo, de momento, sigo. Pero los mayores palos en las ruedas vienen de dentro y eso significa que algo falla. Un abrazo!

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