¿Educar o doblegar?

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Foto: Pixabay

Hace un par de meses el titular de un artículo llamó mi atención y me hizo fruncir el ceño: “Recupera tu autoridad con tus pequeños, en cinco sencillos pasos”. El artículo en cuestión estaba nada menos que en El Mundo y un instinto primario me hizo abrirlo. Quizá fue leer la combinación de “autoridad” y “pequeños” rematada por una fórmula milagrosa. Así que podríamos decir que me esperaba algo poco acorde a mi forma de entender la crianza y la relación padres-hijos, un artículo de estilo conductista, algo con lo que desde hace tiempo ya no comulgo. Antes de ser madre era fan de Supernanny, por ejemplo. ¡Qué mujer, cómo consigue cambios!, pensaba. Luego nació Bichito y me di cuenta de que quiero educarla, no adiestrarla. Me hinché a leer, a informarme, a desaprender. Vi con una nueva conciencia lo que suponían las técnicas de Supernanny. Y el conductismo me dejó de interesar.

Pero todo lo que me esperaba quedó corto cuando leí el artículo completo. Sencillamente, me espantó. Recuerdo que lo dejé guardado en la tablet para enseñárselo a Superpapi de la impresión que me causó. No hubiera hecho falta. En estos dos meses lo han publicado de nuevo cuatro veces. No vaya a ser que haya padres que no se hayan enterado. La última repetición fue este fin de semana y ya no pude resistir más: necesitaba sentarme delante del ordenador y escribir un contra-artículo. Un alegato frente a aquella sarta de barbaridades disfrazadas de instrucciones educativas.

“Te entienden perfectamente”

Te pongo en antecedentes, si no has tenido la ocasión (o la desgracia) de leerlo. Un pre-adolescente pagado de sí mismo, tapándose los oídos con una clara falta de respeto, junto a un padre dialogante de lenguaje corporal amistoso. Esa es la imagen que precede al texto, una imagen que inevitablemente te posiciona junto al “pobre padre”, señalando claramente quién es el verdugo y quién la víctima. Y, a continuación, la primera frase:

“Si tus enanitos tienen ya más de tres años y no te hacen caso cuando les pides que hagan algo, asúmelo: te entienden perfectamente pero sencillamente no les da la gana hacerlo.”

Alto ahí, ¿en qué quedamos, pues? ¿Hablamos de un chavalote con un pavo encima del quince o de enanitos de tres años que no hacen lo que les dices que hagan? Porque la diferencia, a todos los niveles, es abismal.

Para empezar, diré algo básico: un enanito de tres años no entiende perfectamente todo lo que dices. Sí, seguramente lo parece, se comunica bastante bien y es capaz de comprender muchos conceptos. Pero hasta los cuatro años, aproximadamente, su cerebro superior está incompleto, literalmente en formación. ¿Qué significa eso? Pues que hay muchas cosas importantes que todavía no están operativas. Por ejemplo:

  • la metacognición: no razonan como tú, no comprenden las consecuencias de sus actos aunque ya asocien que tras A sucede B.
  • la empatía: no pueden ponerse en el lugar de otro, ni para comprender los efectos que su comportamiento puede tener en los demás ni para intentar deliberadamente manipularte.
  • la abstracción: no pueden extrapolar ni extraer un factor común de situaciones concretas.

Sólo con estas tres es fácil imaginar que, tal vez, no te “entiendan perfectamente” cuando les dices algo. Quizá no les parece importante porque no lo terminan de comprender o quizá no te hacen caso porque los niños pequeños, en esencia, viven en su mundo. El punto de partida que propone el artículo (sencillamente no les da la gana de hacerlo) es el primer paso para actuar desde el resentimiento. ¿Crees que es una buena forma de educar? No hablemos ya de educación, ¿crees que es una buena forma de relacionarte con ellos? 

¿Y si hablamos de niños mayores? Bien, está claro que si el niño en cuestión tiene ocho años,las capacidades ya no son las mismas. Ese niño sí comprende perfectamente lo que le estás pidiendo que haga, o que no haga. Por tanto, la reflexión es: ¿Qué está sucediendo? Si sólo te dedicas a anular un comportamiento, sin comprenderlo, no estás solucionando nada. Lo estás tapando. No tiene sentido poner un cubo sin localizar el origen de la gotera. Tarde o temprano, ese cubo se llenará y la gotera seguirá ahí. Por tanto, si tu pequeño no te hace caso, pregúntate por qué. Obsérvale, busca el origen de esa situación. Detrás de un mal comportamiento, SIEMPRE hay una causa.

“Todavía estás a tiempo”

La mejor forma de conseguir que un padre o una madre actúe sin observar a su hijo, sin tener en cuenta su instinto, sin empatía, es meterle el miedo en el cuerpo. No en vano la opinología tradicional está repleta de advertencias agoreras desde la misma cuna:

  • No lo cojas, que se acostumbra a brazos.
  • Si le das teta cuando quiera, cogerá vicio.
  • Te tiene tomada la medida, verás cuando crezca.

Así que, cuando el bebé se va convirtiendo en niño y empieza a mostrar su carácter y sus preferencias, cuando (de forma absolutamente normal y sana) se empieza a definir como individuo, el imaginario colectivo lo tiene claro: te está retando. Hay que actuar antes de que sea tarde.

Lo siento, pero yo no comparto esa visión. Bichito no me reta, no me echa pulsos, no me desafía. Bichito crece, se descubre, descubre el mundo, prueba, aprende. Yo no tengo miedo de ella, porque no creo que, si no actúo con mano de hierro, se vaya a convertir en una pequeña tirana. Más bien al contrario. Si YO me comporto como una tirana, ¿qué otra cosa podrá aprender ella? Soy su modelo.

Así que, cuando leas “todavía estás a tiempo”, reflexiona.

Puedes tomarla como dice el artículo, todavía estás a tiempo de evitar el desastre, de recuperar el PODER. ” Recuerda: comer, rascar y mandar, todo es empezar.”

O puedes revisar tus ideas previas, desaprender, quitarte agoreros y cenizos de encima y observar a tu hijo, ese ser al que amas. Ponerte en su lugar. Comprender cómo funciona y qué puedes esperar de él. Descubrir que puedes guiarle y enseñarle sin temerle. Sin una lucha de poder que, una vez inicies, DEBES ganar. Y que, por tanto, tu hijo debe perder.

¿Por qué no buscar un camino en el que nadie pierda?

“Ya casi le tienes”

Con estas reflexiones claras, llegamos al meollo del artículo. Las instrucciones. Los pasos a seguir. Y aquí no sé si horrorizarme, indignarme o sentirme profundamente triste. Por quien haya escrito semejantes barbaridades y por todos los padres y madres que lo lean y se dejen convencer y traten a su hijo como a un enemigo a abatir.

“Acércate lo máximo que puedas hasta que tu presencia le incomode por lo menos un poquito.”

Yo educo desde el respeto y, por ello, jamás se me ocurriría comenzar buscando “incomodar” a mi hija. Ya empezamos mal. Esa recomendación sólo sirve para ayudar a construir una posición de fuerza, desde la que intimidar a tu hijo. Qué diferente sería si nos acercamos para CONECTAR con nuestro hijo. Conectando conseguimos que nos escuche, que nos preste atención. Incomodando, ¿qué conseguimos? Y, aunque consigamos algo, ¿es el camino?

“A medida que vayas repitiendo la instrucción, tu pequeño empezará a sentirse incómodo, mirará hacia otro lado, tratará de despistarte. No te justifiques, no des explicaciones (o caerás en su trampa), simplemente sigue repitiendo exactamente igual la instrucción (…)”

En el momento en el que vemos a nuestro hijo como un enemigo que nos pone trampas, somos nosotros quienes nos convertimos en su enemigo. Además, hay un enorme error de base: no es lo mismo explicar que dar explicaciones. A los niños hay que explicarles las cosas. Lo que queremos que hagan, lo que esperamos de ellos y por qué deben hacerlo. Si no, ¿qué esperamos que aprendan?

Llegará un momento en el que tu pequeño empezará a ponerse muy nervioso y puede que incluso llore, grite o haga pataletas: son los últimos coletazos, ¡¡ya casi le tienes!!

Señores de El Mundo que publican este artículo, y quien quiera que lo haya escrito. Eso no se llama educar. Eso se llama acorralar. Pero lo peor está por venir:

“Cuando ya te esté obedeciendo, recuerda que acaba de ser “derrotado” y que su pequeño orgullito ha quedado tocado: agradécele que te haya hecho caso pero sin demasiado énfasis o lo vivirá como un recochineo.”

Lo he leído una decena de veces y en todas ellas termino con el mismo regusto de tristeza y disgusto. No. Esto no es educar. Es doblegar. Es, como bien dicen, derrotar. Y derrotando a tu hijo nunca vas a ganar nada. Derrotando a tu hijo todos perdéis. ¿Es dañino para tu hijo actuar así? Rotundamente sí. ¿Es necesario para ti actuar así? Rotundamente no. Hay otros caminos. Conecta con tu hijo, sé su modelo a seguir, explícale las cosas. Y, sobre todo, respétale. No doblegues a tu hijo: guíale.

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4 comments

  1. Paula says:

    Esto es real??? Vaya tela, me parece increíble que permitan publicar ese tipo de artículos!! Es que aunque no estés a favor de la crianza respetuosa no me creo que un padre vea esto bien! A mí me parece que es acoso a un hijo, en fin…

    • Carita says:

      Totalmente de acuerdo contigo. Y no sólo publicarlo, sino sacarlo periódicamente como si fuera un básico… Lo de derrotarle y no jactarse ante su orgullito herido me dejó tocada en cuanto lo leí. No sé quién lo habrá escrito pero espero de corazón que no tenga hijos, con esas ideas… Un abrazo!

  2. Ratoncito says:

    Pero…en serio???? No sera que se les ha colado un articulo de elmundotoday, la pagina esa de los articulos inventados supuestamente graciosos???? Flipo….me he quedado con la boca abierta…y sin palabras. Que horror.

    • Carita says:

      Sí, por desgracia va en serio. En El Mundo, de forma recurrente. Cada dos semanas vuelve a salir en un apartado llamado Familia. Terrible, ¿verdad? Espero que no convenza a muchos padres de que sus hijos pequeños les toman el pelo y hay que actuar así para remediarlo… Un abrazo!

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