7 cosas que he aprendido de mi maternidad

Fuente: Pixabay

Este es de los posts sentidos, que salen de lo más hondo… porque llevo mucho tiempo sintiendo que convertirme en madre ha sido la mayor lección y la mayor oportunidad de mi vida. Que nunca había crecido tanto como persona ni había tenido más claras las cosas. Ser madre te enseña TANTO… Os cuento las 7 cosas que he aprendido de mi maternidad, a ver si os sentís reflejadas en ellas.

1. Que soy capaz de todo

Que no he sabido lo que soy capaz de hacer hasta que nació mi hija. Desde que, tras veinticinco horas de “tortura” en el hospital peor elegido de mi vida, me incorporé con las piernas dormidas y tomé por fin el control de mi parto, sacando fuerzas no se sabe de dónde. De ese lugar en las tripas que me hace poder con todo si es por mi hija.

Que si me llegan a decir que pasaría veinte meses SIN dormir habría dicho que eso no lo aguanta nadie. Y aquí estoy, porque cuando eres madre, rendirse no es una opción y apechugas con lo que te echen. Que todas esas personas que piensan que ser madre “no es para tanto” habrían flipado poniéndose en mi piel los últimos cuatro años.

2. Que “yo” no importo

Que la palabra “yo” se vuelve difusa cuando te conviertes en madre, emborrona los límites, se siente diferente, engloba a ese ser que salió precisamente de ti y hace que una parte de ese “yo” parezca menos importante. Que esas manías y esos pequeños egoísmos que hasta ahora determinaban tanto mis acciones de repente perdieron su sentido.

Que da igual cómo planee hacer las cosas y cómo me gustarían teóricamente porque al final sé que las terminaré haciendo como pueda. Que me he hecho experta en pañales, eso que antes de ser madre me daba temblores de solo imaginarlo, eso que “yo” no quería hacer. También juego treinta veces seguidas a “eres la persona que encuentra al animal” y no me gusta, pero le gusta a ella, y mi aburrimiento no me importa, porque jugamos para que ella disfrute. Y ese “yo” ahí, como en tantas cosas, queda en un segundo plano. Ella es lo primero.

3. Que “yo” sí importo

Que hay una parte de ese yo que importa muchísimo y nunca debo olvidarla. Que hay pequeñas (grandes) cosas que no son egoísmos, sino necesidades. Y tienen valor. Mi necesidad de un ratito para mí sola cada día, para estar conmigo misma sin que nadie me demande. Mi necesidad de ese rato solos los dos al menos cada semana, en el que seamos algo más que “papá y mamá”. Saber que tengo derecho a expresar lo que siento, a pedir lo que necesito, a decir “ahora no puedo” y a decir “ahora no quiero”.

Que nunca debo olvidar que quererme y respetarme a mí misma también enseña, que mi hija es importante, lo más importante, pero yo también importo, que ella es lo primero pero no lo único. Que tengo que encontrar el equilibrio, el autocuidado, porque sin eso ni funciono yo ni funciona nada.

4. Que el tiempo es relativo

Que los días no tienen veinticuatro horas nunca, pero menos aún cuando tienes hijos. Que hay días que parecen tener veinticinco, o cincuenta, o doscientas, que se llegan a fundir entre sí como si fuera un mismo día agotador e infinito. Que quince minutos duchándome sola pueden parecer una semana en un spa. Que media hora de mimos y tequieromamis no dura ni un minuto.

Que hay ratos que parecen eternos y desgastan como una vida entera, y años que se vuelan en un suspiro. Que el mundo se para, con todo lo que tenga dentro, cuando mi hija se calienta como una bombilla y el termómetro marca 39 grados.

5. Que lo que realmente tiene valor en la vida es intangible

Que en cuanto podamos nos pillaremos la Play 4 y haremos esas reformas guays en la casa con las que fantaseamos semanalmente y nos compraremos este o aquel capricho y… tantas, tantas cosas que apetecen. Pero que todo eso no vale nada en comparación con una mirada de felicidad de mi hija en esos ojos cristalinos que tiene y que me hipnotizan, con una caricia de sus manitas gorditas y un “te adoro con todo tu corazón” dicho con la mayor pureza que existe.

Que nos ha hartado contar y recontar para llegar en esta etapa pero no habría cambiado estos casi cuatro años juntas por nada. Que por las noches sonrío con los ojos cerrados dando gracias por todo este tiempo, que es un regalo y un privilegio, y vale más que cualquier cosa que se me ocurra.

6. Que crece más la madre que los hijos

Que mi niña lo está aprendiendo todo de cero pero yo, su madre, lo estoy aprendiendo desde más lejos aún, porque desde que nació desaprendo cosas cada día. Que nunca he sido más justa, más humilde ni más responsable que ahora. Que saber que soy su modelo me hace mejorar cada día, por ella. Que veo la vida de otra manera y me miro a mí misma con otro enfoque y mi maternidad se convierte en un catalizador, un remolino y un punto de anclaje, todo a la vez.

Que ser madre me está ofreciendo la mayor oportunidad de mi vida para crecer como persona y sólo tengo que estar presente. No dejar que se diluya en el cansancio, en las prisas, en los horarios, en el móvil, en la inercia, en los despistes, en los atajos.

7. Que merece la pena, del todo y pese a todo

Que es agotador y es exigente y a veces es desesperante. Que hay que invertir una cantidad de tiempo y energía que cuesta. Que echo de menos muchas cosas que han quedado relegadas a un segundo plano o a futuribles que siento muy lejanos. Que hay instantes muy malos. Pero que todo, todo, se compensa con un solo instante de conexión con mi hija.

Que mirarla me da felicidad, en el sentido más absoluto de la palabra. Que sentirla a mi lado me da paz, una que no había conocido hasta que fui madre y supe qué significa la palabra plenitud. Que ser madre es enamorarse de una forma indescriptible. Que no la cambiaría por nada, porque es mi hija, y algo en las tripas hace que eso sea lo más importante, valioso e increíble del universo.

Que lo mejor de este post… es que para escribirlo estoy viviendo y sintiendo esto.

¿Y tú? ¿Qué has aprendido de tu maternidad? Y de tu paternidad, si eres papá. Cuéntamelo 🙂

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