Me encanta dormir con mi hija

Fuente: Pixabay

Llevaba un tiempo con este post en la cabeza, con ganas de sentarme a volcar en el teclado la sensación que me invadió una mañana tras un dulce despertar. Una mañana en la que pensé que muchas de las decisiones de la vida se toman porque se sienten, porque surgen, porque nacen, porque funcionan. Aunque haya mil argumentos teóricos que las expliquen. Yo no duermo con mi hija porque lo marque ningún manual de apego, porque quiera que desarrolle una mejor autoestima, porque tema que se le generen traumas si la mando a otra habitación o por cualquier otra razón justificada en alguna teoría. Os lo confieso sin más, porque esta es la verdad. Yo duermo con ella… porque me encanta.

Duermo con ella porque tenerla con nosotros me hace sentir animal, madre que cría, primaria. Porque nuestra habitación deja de ser un camping lleno de camas para convertirse en nido, en nuestra madriguera, en el lugar donde los tres soñamos juntos cada noche, como los ratoncitos que tanta gracia me hacen en las tiendas, esos que se apiñan unos con otros y duermen felices. Aunque nosotros no lo hagamos poniéndonos el culo encima de la cabeza unos a otros sino en dos metros y medio de colchones, con espacio suficiente para descansar a pata suelta.

Duermo con ella porque me encanta sentir su cuerpecito cálido cerca de mí, porque cuando me despierto en medio de la noche y la escucho respirar me aquieto de nuevo, y a veces rozo su manita para notar su contacto o la cubro con la mía mientras me abandono de nuevo al sueño. Porque entreabro los ojos adormilada y veo su cara de ángel, porque me resulta una delicia observarla tan plácida, poder compartirlo cada día, poder ser testigo, poder almacenarlo en mi retina.

Duermo con ella porque me encanta sentirme tan tranquila, saberla conmigo, poder ponerme tapones en los oídos con toda tranquilidad porque sé que aun así la oiré si necesita algo. Porque sé que papá se siente igual, que los dos descansamos mucho mejor así, que es lo que mejor funciona para nosotros en esta etapa, que queremos DORMIR y así dormimos los tres como tres ceporros.

Duermo con ella porque me hace FELIZ su felicidad al tenerme con ella, porque verla radiante por mi causa me llena y oírla suspirar diciendo “mami, quiero dormir contigo” como si yo fuera el mayor premio del mundo me hace volar.

Duermo con ella porque quiero exprimir al máximo este tiempo, esta etapa, estos años en los que ella me quiere tan cerca como la quiero yo a ella, porque sé que dormirá conmigo… ¿cuánto tiempo tirando al alza? ¿cuatro años? ¿cinco años? ¿seis años? Y aunque antes de tener hijos me pareciera una animalada de tiempo, esos años no son NADA, esos años se vuelan en un suspiro, esos años están hoy aquí y mañana… se han ido. Y hay que disfrutarlos.

Duermo con ella porque sé que es algo precioso, algo valioso, porque sé que la echaré tremendamente de menos cuando quiera marcharse a su propia habitación, porque no tengo prisa y quiero que sea ella quien dé el paso, cuando sienta que ha llegado el momento. Porque me enternece oírla contarle a los peluches que cuando sea grande tendrá una habitación que pintará de azul, de rosa y de fucsia (ya negociaremos esto) pero que ahora ella duerme con papá y mamá. Porque oigo que lo cuenta encantada.

Duermo con ella porque estamos muy bien avenidas incluso las noches en las que de repente me encuentro una manita en la nariz o un piececillo debajo de los riñones al girarme, porque tenemos nuestro propio código, porque sé que si gruño suave cuando algo me molesta, nos acoplamos medio en sueños y encontramos otra posición como en un baile bien acompasado. Como con su padre 😀

Duermo con ella porque por las mañanas abro los ojos, y ella abre los ojos, y veo cómo se despliega una sonrisa en su cara que contagia la mía y el día comienza de la forma más dulce que existe. Porque cuando no hay prisa, encima, nos acurrucamos, volvemos a dormitar abrazadas y así se nos pasa parte de la mañana, en puro mimo. Porque me ha salido una peque que gusta del remoloneo tanto como su madre y no sabéis lo que me pirra.

Duermo con ella porque muchas veces nos damos las buenas noches, apagamos la luz y de repente oigo su vocecita diciéndome, “mami, te quiero mucho…” y noto cómo se acerca a mí, y me giro hacia ella y nos adormecemos muy juntas, con mi mano rodeándola en un abrazo, su frente pegada a la mía, su manita en el hueco de mi cuello y sus piececitos contra mis muslos. Y yo que de noche parece que bailo sardanas me llego a quedar dormida así, quieta, pegadita a ella como si fuéramos una. Con una paz absoluta.

No. Yo no duermo con ella porque lo marque ningún manual de apego, porque quiera que desarrolle una mejor autoestima, porque tema que se le generen traumas si la mando a otra habitación o por cualquier otra razón que pueda justificar de forma teórica.

Yo duermo con ella… porque me encanta.

¿Me contáis vuestra experiencia? Os espero en comentarios o en las redes 🙂

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