Cuando necesitan llorar

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Fuente: Pixabay

Últimamente llevo un tiempo rumiando una idea lentamente, dejándola madurar dentro, mirando con calma lo obvia que es. Lo sencilla. Lo lógica. A veces los niños sólo necesitan llorar. A veces no necesitan dormir, no necesitan comer, no necesitan algo concreto y determinado, no necesitan ganar una discusión maternofilial y conseguir algo que aparentemente desean, no necesitan que razonemos, que intentemos solucionarles nada, que nos devanemos los sesos viendo qué pasa. Sólo llorar. Sólo sacar fuera la tensión, la frustración acumulada, la incomodidad.

La semilla de todo esto la plantó una de mis mamás de referencia en esta tribu virtual que es la blogosfera maternal, Rosa Fuentes, en un post que es de los que merece la pena leer (aunque, en mi opinión, merece la pena leerlos todos… no he visto explicadas las cosas con más naturalidad, sencillez, coherencia y respeto que en su espacio). La frase salía de una explicación simple y genial de lo que nos ocurre como padres algunos días de esos que son un puro desafío zen, y remataba con un:

“Si llora porque dice que tiene hambre, y luego llora porque no era eso lo que quería, y cuando se lo cambias llora porque… Entonces no llora porque necesite comer, llora porque necesita llorar.”

Y me di cuenta de que era verdad.

A todos nos pasa algunas veces. Esos días que todo molesta, que todo deprime, que estás como una olla exprés y sólo necesitas estallar, sacar toda la presión fuera. Esos días en los que buscas motivos de descarga y hasta te alivia que te hagan una pirula con el coche para poder despotricar a gusto de cómo conduce la gente. Esos días en que buscas distracciones, varitas mágicas. Que quieres que algo o alguien te solucione cómo te sientes pero nada funciona, nadie “lo hace bien”. Esos días en que nadie contesta al teléfono y acabas pegándote la llorera del siglo, o limpiando la casa de arriba abajo con furia, o saliendo a correr hasta quedar vacío. Y entonces puedes volver a calmarte, te liberas, te sientes mejor. Esos días en los que, si no descargas, cada vez te cubres de nubarrones más negros que presagian truenos nivel apocalipsis.

Esto me ocurrió el domingo, concretamente. Me levanté torcida desde el primer momento, desde el mismo despertar. Incómoda, molesta, irritable. TODO me molestaba, me deprimía, me exacerbaba o provocaba en mí cualquier otro sinónimo de “hoy no me aguanto”. Hice crepes caseras en plan desayuno familiar molón especial pero, entre vuelta y vuelta en la sartén, me comí las mías enfurruñada sobre la encimera de la cocina, despotricando en modo mute. No sabía de qué. De todo. De nada. Papá hizo un intento de consuelo. No sirvió. Porque no quería consolarme. Quería estallar, quería romper, quería descargar, pero aún no me había dado cuenta y en ese momento sólo pensé que me consolaba fatal de los fatales (la verdad es que el intento tampoco fue muy bueno).

Intentaba contenerme por fuera, respondía a la peque con dulzura, le cortaba las uvas en trocitos para rellenar sus crepes, que se comía feliz de la vida porque, ese día, no era ella la que estaba cargada de electricidad estática, sino su madre. Que le enseña muchas y muy variadas cosas, la mayor parte con la técnica patentada de “Mira hija, lo que nos puede pasar a veces”.

Para buscar un ejemplo gráfico que escenifique lo me hormigueaba dentro, digamos mismamente que me hubiera quitado las zapatillas de andar por casa sólo para patearlas por el pasillo. Intenté canalizar ese exceso de energía negativa de alguna forma constructiva de esas que molestan te sientas como te sientas y me puse con el cambio de armarios. Más que nada porque ya estamos a cero grados por las mañanas y yo seguía sin tener un mísero jersey a mano. Saqué absolutamente todo lo que teníamos en los armarios para forzar un punto de no retorno y me dediqué a guardar con saña cada prenda en las cajas y cajones. Cada vez me sentía peor. No entendía qué me pasaba, no me soportaba, estaba hipersensible, a flor de piel. Subía, subía, subía porque necesitaba llegar al punto en que rompes.

_ Cariño pero ¿qué te pasa? – preguntó papá.

Y entonces empecé a llorar. El alivio fue brutal. Inmediato. No llevaba ni dos sollozos cuando comprendí que era ESO lo que necesitaba. Vaciarme. Vaciarme de los cambios de esta etapa y el estrés emocional que habían conllevado, vaciarme de la incomodidad de llevar un mes enferma enlazando “-itis”, vaciarme de la frustración de tener un proyecto en ciernes que cumple el sueño de mi vida y no poder ponerme con ello porque no saco huecos. Vaciarme de la zozobra que provoca sentir toda esa tensión dentro y no saber cómo sacarla.

Y yo voy a cumplir treinta y siete años. Mi hija acaba de hacer tres años y cinco meses. En medio del llanto liberador dije: ¡Desde luego que ahora voy a comprenderlo todo mucho mejor cuando le pase a ella!

Porque se pasa mal cuando te sientes mal por dentro y no consigues abrir la compuerta para sacarlo. Como cuando te sienta mal la comida y no consigues vomitar, y la incomodidad y el dolor van aumentando hasta hacerse insoportables. ¿Cuándo bajan? Cuando lo echas. Tanto la comida como la tensión. Hasta ese momento se pasa mal. Y se pasa peor aún, supongo, cuando ni siquiera hay herramientas y lenguaje abstracto todavía como para comprender en algún momento que lo que necesitas es descargar.

A ellos también les pasa. Ellos, que no tienen recursos aún. Ellos, que no necesitan que se les acumule esa mezcla explosiva de circunstancias que necesitamos los adultos para alcanzar ese nivel de nervio interior. Ellos, que con cualquier cosita se nos llenan porque esa cosita es muy, muy grande para lo pequeños que son ellos todavía. Ellos también acumulan y también necesitan descargar. Gritar, llorar, sacarlo todo fuera.

Rosa lo explica mucho mejor que yo pero una parte de mí necesitaba también hablar de ello. A mi manera. Desde mi sentir. Desde comprender cada día mejor a mi hija porque, de tanto leer, tanto reflexionar, tanto observarla y tanto observarme a mí, también, voy viendo cada día más claro por qué pasa todo lo que pasa cuando las cosas parece que se descontrolan. Y voy sumando herramientas a la hora de gestionarlo. Porque la primera herramienta es comprender y empatizar. Y, desde ese punto de partida, cualquier intento que hagamos funcionará mucho mejor, porque estamos conectados con nuestros hijos.

Si no comprendemos (e incluso comprendiendo) cuesta dejar que lloren, cuesta dejar SER, dejar liberar, no interferir, no afectarse, no tomarlo como algo personal, no reaccionar, no enfadarse, mantener la calma, aguantar reproches injustos pero inevitables. Y seguir templado y dejar que llore sin negociar, sin regañar, sin bloquear, sin impedir, sin tratar de cortarlo. Dejar llorar estando ahí en la medida en la que el niño quiera, que a veces es en un abrazo catártico y a veces es a dos metros mientras te grita no vengaaaaaas hasta que por fin te grita veeeeeen. Dejar llorar cuando vemos que no hay un problema concreto sino una necesidad concreta porque lo único que le pasa es que no le cabe dentro todo lo que le está molestando y sólo necesita sacarlo.

Eso tan sencillo que hemos olvidado como adultos, lo saben instintivamente los niños. Si les dejamos. Cuando necesitan llorar.

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2 comments

  1. Diana says:

    ¿Sabes qué? Yo le doy mil besos cuando llora y llora y no quiere nada en concreto, nada le vale, y le abrazo… porque yo me siento así más veces y ellos son tan sabios siendo tan pequeños…

    Imperdonable, no conocía el blog de Rosa.

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