10 claves para gestionar una rabieta de tu hijo

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Foto: Pixabay

Sé que cuesta mucho tener la mente clara cuando tu hijo de dos años se pone del color de las remolachas frescas y desata todo su poder de destrucción (que puede ser mucho). Sé que es difícil mantenerse centrada mientras intentas que no se rompa la cabeza contra la esquina del radiador en medio de su ataque de desesperación, cuando suenan unos gritos tan intensos en tu casa que piensas que alguien va a llamar a la policía y esquivas como puedes un mordisco de esos que tienen pinta de que van a doler. Sé, por tanto, que no es algo estresante sólo para tu pequeño, sino también para ti. Y mucho. Pero si consigues traer a tu mente la imagen de una tormenta, una de esas con truenos que parece que anuncien el apocalipsis y relámpagos capaces de iluminar cien metros a la redonda, te será mucho más fácil comprender lo que está sucediendo y, por tanto, saber cómo actuar.

No en vano una rabieta primaria no es otra cosa que una frustración inmensa e incontrolable. Basta con que nos fijemos en la naturaleza para comprender que cuando descarga una tormenta poco se puede hacer más que ponerse a cubierto hasta que pase e intentar evitar daños, especialmente cuanto más violenta sea. No tiene sentido detenerla. En primer lugar, porque es imposible y, en segundo lugar, porque es necesaria: toda esa carga tiene que romper. Del mismo modo, también está claro que una tormenta siempre pasa. Cuando ha descargado, claro. Pues aquí, igual.

¿Te preocupa cómo gestionar este tipo de situaciones?  Tranquila, tú puedes.

1. Mantén la calma

Si tu hijo estalla, respira profundamente. No te contagies de su tormenta emocional. Al contrario, tu calma es la mejor herramienta para ayudarle a calmarse a él. En ese pequeño cerebrito en construcción que se ha desbocado hay un pequeño vigía que registra tu reacción. Aprovéchalo para enviar un mensaje poderoso: “Mamá está tranquila” (o Papá o, mejor aún, los dos).

Este sencillo mensaje comprende varios significados. Por un lado estás transmitiendo a tu hijo que la situación no es tan mala como parece, lo que le ayudará con las intensas emociones que lo abruman y asustan.

También estás mandando un mensaje tranquilizador: en este barco que de repente se volvió loco alguien mantiene la mano firme en el timón. No nos va a pasar nada porque alguien sabe qué hay que hacer ahora.

Y por último, quizá lo más importante de todo, estás siendo la prueba de que es posible sobrellevar una situación estresante sin perder la calma. Tu hijo aún no tiene recursos (ni capacidad física, literalmente, como te conté en el post anterior) para controlarse y gestionar su frustración pero, poco a poco, los irá adquiriendo si tiene de quién aprenderlos. ¿Quién mejor que mamá? ¿Quién mejor que papá? Sé un ejemplo de que se puede y tu hijo, con el tiempo, también podrá.

2. Empatiza

Ponte en el lugar de tu hijo. Compréndele. Entiende de corazón lo que le está sucediendo. Como ya vimos anteriormente, ese pequeñín que se desgañita y rabia desesperado no puede hacer otra cosa más que la que está haciendo: descargarse. Tener este punto claro te ayudará enormemente a gestionar la situación de forma respetuosa.

3. Permite que suceda

Suena a perogrullada. ¡Ni que dependiera de ti la cosa! Pero, muchas veces, por nerviosismo, por cansancio o por vergüenza (en caso de darse en un lugar público) los adultos intentamos cortar una rabieta o, al menos, acortarla. Bueno, pues si realmente quieres que pase lo más rápido posible, deja que siga su curso. Recuerda que la rabieta es una descarga emocional, una vez que toda esa carga se haya vaciado la tormenta pasará y tendrás en brazos solamente a un pequeñín lloroso que ha gritado hasta agotarse.

Cualquier intento que hagas por “sacar” a tu hijo de la rabieta está abocado al fracaso y, muchas veces, sólo empeorará la situación. Si lo haces desde la represión, la angustia y la ira de tu hijo aumentarán pero, aunque lo hagas desde el cariño, tampoco va a funcionar. En ese momento su pequeño cerebro está completamente bloqueado y dominado por la amígdala.

¿Recuerdas alguna ocasión en que tú hayas perdido el control de tus emociones? Alguna vez en que la ira o el dolor te hayan sobrepasado, de esas veces que parece que te vas a morir de angustia o de rabia. Un estallido emocional puro y duro. Primario, irracional.

Visualízate por un momento en ese estado y, ahora, dime, ¿quién te ayudaría más en ese momento? ¿El que te regaña por cómo te estás poniendo, el que te intenta distraer con otra cosa mientras gritas y lloras, el que te pide con cariño que pares o el que te dice “no te preocupes, llora todo lo que necesites, pégale a un cojín, te comprendo, desahógate”? ¿Con quién crees que podrías calmarte antes y salir de ese bloqueo emocional?

Personalmente, cada vez que Bichito estalla, me limito a abrazarla (si se deja) y decirle “lo sé, lo sé, lo sé…” hasta que amaina la tormenta y podemos comunicarnos un poco mejor.

4. Trátale con cariño

Está desbordado y sin control. Te necesita (aunque no lo parezca). Pese a la creencia popular, ignorarle no es buena idea. Si lo haces, le crearás una sensación de abandono y le transmitirás el mensaje de que no tiene derecho a sentir sus emociones, que éstas son malas. Y no es así, no hay nada malo, lo único que ocurre es que tu hijo es muy pequeño y no tiene aún recursos para gestionar la frustración: no tiene lenguaje para comprender y expresar sus emociones adecuadamente ni capacidad física para hacerlo sin ayuda.

Sosténle hasta que crezca lo suficiente para ir mejorando en ese punto. Igual que en todo lo demás: gatear, andar, controlar los esfínteres. Ayúdale hasta que sea capaz de hacer las cosas por sí mismo, guiándole con el mismo cariño que en el resto de situaciones.

Lo que tu hijo necesita es sentir que le quieres, siempre. Y en ese momento más aún, pues lo está pasando mal.

5. Impide que dañe

Una cosa no quita la otra. Comprender y permitir la situación no significa dar carta blanca. Si tu hijo intenta romper algo, si intenta dañar a alguien o a sí mismo, impídelo. Tal vez debas sujetarle para que no pegue o muerda, tal vez sea necesario cogerlo en brazos y llevártelo a otro sitio para que no rompa nada. Hazlo, por supuesto, pero recuerda el punto 1. Aquí es más importante que nunca mantener la calma. Hay una gran diferencia entre transmitirle a tu hijo que le proteges y le cuidas, que mantienes la mano en el timón y no vas a dejar que nada ni nadie sufra daños, y transmitirle que perdiste los nervios y le reduces físicamente porque tú eres más fuerte.

6. No intentes razonar

No es el momento. Literalmente, es incapaz de escuchar o pensar. Cuando se calme, cuando haya descargado, podrás comunicarte con él en la medida en que su edad lo permita.

7. No te enfades

No le regañes por tener una rabieta. En la medida de lo posible, procura recordar y comprender que es él quien está enfadado. Puede que contigo pero puede que sólo con las leyes de la física (¿por qué las cosas nunca se comportan como él quiere?). No es nada personal.

Tampoco le exijas disculparse después. Aparte de ser injusto (¿le harías disculparse por caerse al intentar caminar o por hacerse pis encima y ponerlo todo perdido cuando aún no controla sus esfínteres?) sólo servirá para poner el foco de atención en la rabieta.

8. Procura prevenir

¿Cómo se encontraba tu hijo antes de estallar? Si llevabas tiempo observando que estaba cansado y frustrado, tal vez la próxima vez puedes hacer algo antes de que estalle.

¿Era tan importante el motivo que desencadenó la rabieta? Quería coger una cosa y no se lo permitiste (por ejemplo). ¿Hubieras cambiado algo si pudieras volver atrás? A veces nos damos cuenta de que no pasaba NADA por hacer lo que te pedía.

Pero es posible que no. Igual quería coger un cuchillo. Evidentemente no vas a permitirle algo así. Pero tal vez la próxima vez puedas tener la precaución de no dejarlo a la vista para evitar que se fije en él y lo pida.

La mejor manera de gestionar una rabieta es PREVENIRLA.

9. No cambies tu comportamiento por la rabieta

Aunque te hayas dado cuenta de que realmente no pasaba nada por darle un yogur en vez de un vaso de leche, o dejarle salir con unas zapatillas rojas en vez de azules, no cambies de dirección una vez que tu hijo haya estallado. Si te has equivocado tú aumentando innecesariamente la frustración hasta un punto de no retorno, tenlo en cuenta para que la próxima vez no vuelva a pasar, pero no intentes “arreglarlo”. En caso contrario, corres el riesgo de que tu hijo empiece a asociar que cuando pasa algo que no le gusta, lo puede cambiar con una rabieta. Y en ese caso podría llegar a tener, en un futuro, rabietas racionales.

10. Ayúdale a verbalizar lo que sucede

En cuanto veas que se calma, es el momento de comunicarte con él otra vez. Pon palabras a lo que ha sentido y explica por qué las cosas se han dado así. “Sé que tenías muchas ganas de correr. Te has enfadado mucho. Te entiendo, yo también me enfado cuando no puedo hacer algo que quiero. ¡Es muy frustrante! Pero vienen coches y no podemos correr aquí. ¿Te acuerdas?”.

A mí me gusta mucho repetir un mensaje positivo cuando siento que Bichito se ha calmado y está acurrucada en mis brazos: “No te preocupes, corazón. Ya aprenderemos”. Nos consuela a las dos.

¿Y tú? ¿Cómo lo haces tú? ¿Sabes cómo gestionar una rabieta? ¿Consigues mantener la calma y recordarlo todo? ¿Aún no has llegado a esta etapa y te preocupa? ¿O ya la pasaste de largo? Únete a nuestra comunidad y deja tu comentario 🙂

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