Tiempo, lo más valioso que hay

Fuente: Pexels

Este verano que ya se terminó, aunque no lo parezca, fue un momento de reflexión personal intenso para mí. Se nos echaba encima un cambio de etapa tan completo que me asustaba un poquito, aunque no me lo quisiera reconocer ni a mí misma. Por primera vez en tres años me habría gustado parar el tiempo un poquito o hacer que fuera más lento. He disfrutado cada cambio y avance de mi hija y nunca antes había sentido este vértigo ante lo que vendría, esa nostalgia anticipada de lo que todavía estábamos viviendo. Porque íbamos a empezar el cole y la vida nos iba a cambiar mucho. A las dos. A ella que lo empezaba y a mí, que hasta ese día había estado prácticamente todos los días, prácticamente todo el día, a su lado.

Y eso me hacía reflexionar también sobre esa decisión que un día tomé: la de apañarlo todo como fuera para estar con ella los primeros años. Porque nunca antes en mi vida había sentido una pulsión más poderosa: la de estar con mi cría. Y, como soy más terca que una mula y en otra vida fui un mastín y una vez se me mete algo en las tripas lo hago como sea, me quedé con ella. Con todo lo que eso supusiera.

Muchas veces lo he pasado mal por haber tomado esa decisión, en muchas pequeñas y grandes cosas. En haberme sentido tan terriblemente desubicada a nivel profesional/personal porque, durante estos primeros años de crianza, lo que ha primado es ser “la mamá de”. En apretarnos el cinturón hasta límites que duelen como un cilicio y pasar noches haciendo números que no cuadran ni a golpes. En pasar los días jugando a poner a hacer pipí a todos los peluches de la casa, que son muchos, haciendo picnics imaginarios con estrictas reglas de protocolo o tardando media hora para cubrir cien metros porque hay que parar a contemplar cada hormiguita del camino, que también son muchas. En tener que ser malabarista para hacer todo a la vez, cocinar contando cuentos, hacer pis dando teta, mantener serias conversaciones telefónicas bailando en silencio para mantener también en silencio a mi maravillada espectadora, comer con el portátil siempre montado en el mantelito y todas esas cosas que hace una cuando lo tiene que hacer todo y se las tiene que apañar.

Muchas veces he sentido también, durante un segundo, durante un minuto, durante un rato de agobio, ganas de agarrar a alguien por la solapa y decirle: es que crío a mi hija, ¿entiendes? estamos juntas a todas horas y la amo con toda mi alma pero necesito el descanso del café a media mañana, algún ratito aunque sea, para despejarme, y eso en este “trabajo” que es ser-mamá-en-casa no existe. Aquí si vas al baño en “la oficina” nunca vas sola.

Porque quedarse a criar es complicado, es exigente, es MUY cansado y, encima, está muy mal valorado (la de veces que he tenido que escuchar que yo “me quedo en casa”…).

Y, con todo, lo que hemos tenido mi hija y yo estos tres años es un auténtico PRIVILEGIO que compensa todas las pegas y todos los esfuerzos. Que compensa todos los agobios y todos los cansancios. Lo que hemos tenido es TIEMPO, con mayúsculas, tiempo a todas horas, de todos los colores y en todos los formatos.

Hemos tenido tiempo del de estar jugando juntas con gran concentración, haciéndonos cosquis, remoloneando en el sofá, leyendo cuentos, cantando canciones o caminando de la mano tranquilas. Ese tiempo en el que toda mi atención, toda, era para ella. Ese que llaman de calidad.

Pero también hemos tenido tiempo sin certificaciones. Tiempo para que ella juegue a mi lado mientras pongo el lavaplatos o para ponerlo juntas, con su ayuda. Tiempo para aburrirnos. Para ver una peli porque mamá está cansada y tira de lo fácil. Para escribir en el ordenador mientras trasvasa yogures y me la lía parda. Para tener rabietas y para resolverlas. Para estar malitas y pasar el día como se puede. Para tener desacuerdos, para equivocarnos y tratarnos mal, para buscarnos y pedirnos perdón. Para vivir juntas, día a día. Tiempo sin más.

Y el tiempo, me voy dando cuenta con el paso de los años, es lo más valioso que hay.

Quizá sea lo que menos tienen los padres y madres en España, con esta lamentable política de “conciliación” que nos rodea. Tiempo. Y, como es lo que más necesitan los niños, tenemos un problema muy serio.

Cuando un padre o una madre tiene que ver a su hijo una hora y media al día, cuando un padre o una madre ni siquiera llega a tiempo de verlo despierto y vive una paternidad/maternidad de fin de semana, tenemos un problema muy serio. Y cuando la solución a ese problema pasa por un sacrificio personal y económico a cuenta de cada familia, seguimos teniendo un problema muy serio.

Porque los niños NECESITAN tiempo con sus padres. Y los padres necesitan tiempo con sus hijos.

Y este tiempo, todo este tiempo que yo he pasado con mi hija lo he tenido que pasar saliéndome del mundo, saliéndome del terreno laboral, saliéndome de mi trayectoria profesional, dejándolo todo en una caja en el altillo, como cuando hago el cambio de armarios y guardo los jerséis en verano. Dejándolo todo con algo de pena porque me habría gustado encontrar una fórmula más conciliadora. Y con algo de miedo porque no sé, cuando vuelva a llegar el invierno, cómo me voy a encontrar mis jerséis, si me los podré poner o me habrán quedado pequeños, si tendré que salir a buscar otros nuevos, si voy a pasar frío por haber tenido que dejarlos tres años en un altillo.

Y no me arrepiento, elegí mi camino y mi precio a pagar por recorrerlo. No me he perdido a mi hija y ella no se ha perdido a su madre. Eso ha sido para mí lo fundamental, lo que me pedían las tripas. Pero qué bonito hubiera sido poder criar con el jersey puesto. Qué bonito y qué necesario es poder criar con el trabajo puesto. Qué bonito sería poder conciliar sin sacrificar, trabajar sin renunciar a criar, haber podido tener todo este tiempo con mi hija sin tener que abandonar nada en el altillo

¿Y tú? ¿Qué piensas sobre este tema? ¿Has podido tener tiempo con tus hijos? Este espacio se nutre de tus comentarios, déjame uno 🙂

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