Por favor, no le preguntes a mi hija si ha sido buena

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Foto: Pixabay

La verdad es que esta época del año lo propicia. A lo largo de la semana, tres personas diferentes le han hecho esta misma pregunta a mi hija: ¿has sido buena?. Pregunta a la que, por suerte, mi hija responde afirmativamente sin enterarse aún de la misa la mitad. Estamos en esa edad en la que el «sí» y el «no» se corresponden más con su estado de ánimo que con lo que se le está preguntando, llegando a decir primero una y luego la otra ante la misma pregunta. Además, su autoconcepto, por ahora, no está muy definido, por lo que la etiqueta implícita en este tipo de frases no le afecta. Es una frase inofensiva. Por ahora. Porque dentro de uno o dos años, sí la va a entender.

Sé que las tres personas que ya se lo han preguntado y todas las que quedan por preguntárselo lo hacen con la mejor intención, llevadas por la tradición, por lo que conocen, por lo que les han preguntado a ellos en la etapa que ahora vive mi pequeña, por lo «normal». Sé que en ningún momento se han parado a valorar las implicaciones que, para mí, tienen ese tipo de frases. Ni en sus consecuencias. Y sé que, si me leen, no van a entender qué tiene de malo. Pero eso no hace la pregunta más afortunada.

Vamos a dejar a un lado que, cuando le preguntamos a un niño si ha sido bueno y le decimos que, ENTONCES, los Reyes Magos le van a traer muchos regalos, le estamos manipulando. Es una palabra muy fea, sí, pero es la que más se ajusta: porque el mensaje que transmitimos es que sólo conseguirá regalos si se comporta de una forma determinada. Si es bueno. Como se le ocurra ser malo, que se olvide de regalos, que lo que le va a llegar es carbón. Imagina que tu pareja te dice, cariño, si eres buena/o durante todo el año, en enero haremos un viaje de ensueño. Si, por el contrario, eres mala/o, te quedarás sin viaje. ¿Cómo te sentirías? ¿Respetada, amada y libre? ¿O manipulada, coaccionada y dirigida?

Entiendo que es un arma poderosa (o lo parece, porque lo más que podemos conseguir con una maniobra tan burda es que el niño sea «bueno» unos cuantos días, los más cercanos; difícilmente el chollo nos durará todo un año, y menos con niños pequeños, para quienes la noción del tiempo es tan distinta) pero eso no significa que sea ético. No significa que esté bien. Hace poco leí en Facebook una de esas frases que corren por todos los muros, un mensaje que me gustó mucho y que decía algo parecido a:

«Si algo está mal, está mal aunque lo haga todo el mundo. Si algo está bien, está bien aunque no lo haga nadie.»

Aunque lo haga todo el mundo (o lo parezca, porque esto tampoco es así), aunque se haya hecho siempre, aunque esté tan normalizado que no nos paremos a pensar en su ética o sus consecuencias, no está bien utilizar la ilusión y las ganas de un niño por recibir unos regalos que considera mágicos para condicionar su comportamiento.

Quizá me digas que le estamos educando pero, no es así.

Educar es enseñar al niño, preferiblemente a través de nuestro ejemplo, cómo debemos actuar y, sobre todo, por qué. Ofrecer valores INTERNOS que le muevan a comportarse de una determinada manera en una determinada situación, no premios o castigos EXTERNOS que le obliguen a comportarse de una determinada manera en una determinada situación.

Mi intención no es que mi hija sea honrada porque le preocupe que, si me miente, yo me enfade. Porque tema que, si espía, la pillen. Porque sepa que, si roba, la pueden meter en la cárcel. No. Quiero que sea honrada porque sienta que es algo importante. Que sea sincera porque aprecie la verdad, que no espíe porque valore la privacidad, que nunca se plantee robar nada porque respete la propiedad. Que nazca de su interior, al margen de los castigos o recompensas que pueda conllevar. Incluso a pesar de ellos (¿cuántas veces y de cuántas formas se recompensan actitudes moralmente reprobables?). Los valores deben estar en nuestro interior, para que siempre sepamos seguir el camino correcto. Porque lo sabemos, sin que nadie nos diga nada.

De nada me sirve, tampoco, que sea buena porque vienen los Reyes Magos. O por si viene el coco, lo mismo me da. Y, ¿cuando ya no haya regalos? ¿cuando llegue al famoso «son los padres»? ¿cuando sepa que el coco es un cuento patatero? ¿Qué sucederá? No sólo me niego a manipularla sino que, de esa forma, ni siquiera será efectivo.

Si es buena, que no sea por evitar ni por conseguir nada.

Y aquí llegamos al segundo punto por el que tuerzo la nariz con ese ¿has sido buena? tan de moda en estas épocas del año. ¿Qué es ser «buena»?

Porque buena podría traducirse en bondadosa, pero dudo que vayan por ahí los tiros. Buena también puede traducirse en obediente, que es más probable. Para algunas personas, que los niños sean buenos casi se traduce en que no sean niños. Que no griten, que no corran, que no molesten, que no pidan, que no tengan malos días, que no lloren, que no se enfaden. Que no se porten mal. Sea lo que sea lo que eso signifique.

Buena no deja de ser una etiqueta más. Más todo. Una más de la lista. Y también, simplemente más: más peligrosa, más abstracta, más absoluta. Porque puede englobarlo todo. Y porque la dicotomía bueno-malo es más extrema. Si no eres bueno, ¿qué vas a ser sino MALO?

Por favor, no le preguntes a mi hija si ha sido buena. Nos la trae al pairo que sea buena, y a los Reyes Magos también. Nadie la soborna, nadie la amenaza, nadie la observa con una libreta acusadora para ver si es merecedora de regalos.

Porque lo es. Cuando ríe y cuando llora, cuando se muestra flexible y cuando se niega, cuando está tranquila y cuando pierde los nervios, cuando habla bajito y cuando grita, cuando tiene un día que se disfruta como un bálsamo y cuando tiene un día que agota la paciencia.  Porque mi hija no es una niña buena ni una niña mala. Es, solamente, una niña.

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