Navidad y niños: ¿ilusión o engaño?

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Foto: Pixabay

Este ha sido un tema recurrente en mi cabeza desde hace unas semanas. Desde que empezó a acercarse la primera Navidad en la que Bichito se va a empezar a enterar de algo y me di cuenta de que tenía que decidir cómo la quería manejar. ¿Le hablo de Papá Noel y los Reyes de forma tradicional? ¿Me siento cómoda con eso? ¿Le estoy brindando magia e ilusión o la estoy engañando? ¿Hay otro camino con el que me sienta mejor?

Debo confesar que he estado en una lucha interna y, además, muy igualada. De esas en las que hay pros y contras, argumentos y contra-argumentos, debates interminables, porque son cíclicos y no llegas a ninguna conclusión. Bueno, sí, a la conclusión de que mejor dejas de pensarlo porque te está entrando un dolor de cabeza que pa qué.

Una lucha interna que se ha terminado resolviendo por sí sola, no por decidir nada, sino por no hacer nada. Por dejarme caer por el camino que menos esfuerzo conlleva, el que marca la tradición. Porque cuando vimos una cocinita supermegachachi y un cinturón de herramientas supermegaguachi en un centro comercial (Bichito concilia fantásticamente su vertiente femenina y masculina) y las quiso coger, de repente me escuché diciendo “vamos a sacarle una foto y se la mandamos a Papá Noel, ¿crees que nos lo traerá?”. Y a la porra el debate interior. Con una frase que salió sin más, sin pensarla.

Porque era lo que todo el mundo esperaba, Superpapi (que casi sufre una aneurisma sólo con comentarle mis dudas interiores), mi familia, la suya, nuestros conocidos… la sociedad en general. Incluso lo esperaba una parte de mí misma, esa que desea reconciliarse con la Navidad y volver a vivirla con la ilusión y felicidad de la infancia. Porque desde que me empezaron a faltar seres queridos le cogí ojeriza a estas fiestas. Las detesto y las añoro al mismo tiempo.

De todas formas, aunque supongo que no gano nada dándole más vueltas, no me siento cómoda con la idea de engañar a mi hija. Por mucho que lo revista de magia, un pilotito interno me recuerda, como un neón intermitente, que le estoy mintiendo. Soy una persona esencialmente sincera, hasta el punto del sincericidio (véase, decir la verdad cuando sabes que es un suicidio hacerlo) y la mentira me incomoda mucho, mucho, mucho. Sobre todo con ella, esa personita en construcción, inocente, pura que, en cierta forma, está en mis manos.

Está claro que algunas veces lo hago, porque hay cosas que no sé manejar de otra manera. A sus dos años y medio me resulta mucho más fácil decirle “la teti está dormida ahora” que “cariño, tengo verdadero pavor a que volvamos a asociar teta y sueño, no podría volver a pasar por eso y por eso necesito regular un poco las tomas para encontrar un punto de equilibrio entre las necesidades de ambas y que podamos seguir felices con la lactancia”. Así que lo digo. La teti está dormida.

Lo digo consciente de que es la mejor solución que encuentro para ese caso. Pero por dentro hago una mueca de disgusto porque sé que eso no es cierto y que le estoy mintiendo. Y me desagrada. Cuando me mira con esos ojos azules, cristalinos, confiando en las explicaciones que le doy, siento el peso de la responsabilidad que tengo para con ella. Y me da un poco de vergüenza sostenerle la mirada en ese momento.

Por eso, crearle esta ilusión que tiene fecha de caducidad y de desencanto, creársela yo, contárselo yo, me incomoda. Pero no sé qué lugar darle a ese sentimiento porque, en el fondo, tampoco he encontrado una alternativa que me convenza. Vivimos en sociedad, y la tradición es la que es. Papá Noel. Los Reyes Magos. La inmensa mayoría de los niños creen en ellos. La inmensa mayoría de los adultos colaboran en guardar el secreto y fomentar la magia.

Y, realmente, es una magia bonita. Que quizá ya forma parte de nosotros como tantas otras cosas. Que quizá no podemos o no debemos erradicar. Aún recuerdo aquella vez en que vimos la cabalgata desde la ventana de la oficina de mi padre que, en esa época, trabajaba muy cerca de Sol. La preocupación de que los Reyes no me vieran y la alegría desbocada cuando, al día siguiente, en el salón me esperaba una nota manuscrita firmada por Melchor, Gaspar y Baltasar. Recuerdo las palabras “te vimos en la oficina de tu papá” y la emoción desbordante que me invadió al leerlas. ¿Quiero privar realmente a mi hija de momentos como ése? Una parte de mí sentiría que es como robarle un cachito de infancia. De la infancia que conocí, al menos.

Pero no tengo muy claro cómo me sentiré estando al otro lado. Siendo la que le cuenta el cuento.

Con lo bueno que tendrá, ese recuperar la ilusión y la magia a través de sus ojos, escribir la carta y esperar con muchos nervios a ver qué nos traen, envolver los regalos a escondidas y compartir su alegría al descubrirlos, comprobar entusiasmadas que el vaso de leche y las galletas ya no están, ¡se las comieron, mamá!.

Y con lo malo que tendrá, ese pepito grillo interior de saber que confía en mí y formo parte de esa gran trola mundial que, tarde o temprano se vendrá abajo, enfrentar su mirada acusadora cuando lo descubra, hacerla creer con todo su corazón en algo que no existe.

Eso sin tener en cuenta que no la cague meta la pata y la peque me descubra algo raro en la mirada, con lo mal que se me da mentir con convencimiento. ¡Y durante varios años! Lo pienso y me dan sudores. No tengo claro que no me vaya a pasar como a mis abuelos, pillados in fraganti por mi madre, que siempre ha tenido dotes detectivescas. Como vayan en un gen recesivo, lo llevamos crudo.

Así que sigo en debate interior, dudando entre la sensación de magia y la sensación de engaño, sin tener claro del todo lo que siento sobre este asunto, aunque me deje llevar y por fuera todo esté en marcha. Quiero y no quiero al mismo tiempo. Me ilusiona y me avergüenza.

Hay cosas que sí tengo claras. Meridianamente. Por ejemplo, que nunca le voy a decir eso de que si no nos portamos bien no nos traerán regalos. Ahí sí que me niego de plano. No voy a usar a Papá Noel ni a Sus Majestades de Oriente como método conductista. No voy a hablarle de niños buenos y malos, de niños que se portan bien o se portan mal. No voy a usar los regalos como soborno. Ni la ausencia de regalos como amenaza.

Tengo claro también que quiero intentar transmitirle que no sólo traen regalos Papá Noel, Melchor, Gaspar o Baltasar. Que además de esa magia, hay otra mucho más importante: la del amor que nos profesamos unos a otros. Que papá y mamá también le van a regalar cosas y se las regalan entre ellos, porque nos queremos. Que eso es lo más importante, de la Navidad y del resto del año. Que todas las tradiciones que nacen del amor son buenas.

Y me gustaría que comprenda que lo más importante de esta tradición, y de las otras, es esa parte invisible, intangible e incalculable que nos hace regalarnos cosas para hacernos felices y demostrarnos que somos importantes los unos para los otros. No los regalos en sí. Esto es importante. Quizá es lo que me parece más importante de todo. Nunca los objetos en sí.

Esto es lo que voy a tratar de transmitirle a mi pequeña, al margen de quién traiga aparentemente los regalos, si nosotros, un abuelo barrigón y barbudo que va que vuela o los tres reyes trotamundos con los camellos más veloces y resistentes de la historia. Y a esperar que no me pille y no le jorobe la ilusión que con tantas dudas le intentaré mantener. Espero hacerlo bien. Espero encontrar la fórmula para hacerle llegar los mensajes que considero realmente importante y que no se nos pierdan en figuras fantásticas ni en objetos materiales.

Al fin y al cabo, mi mayor regalo es ella y por ella merecen la pena todos los desvelos. Ya veremos lo que sale. Como siempre, será con todo mi amor. No hay magia mayor que ésa.

¿Y tú? ¿Qué sientes sobre este tema? ¡Deja un comentario! 🙂

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8 comments

  1. Ana Maria Fernandez Ruiz says:

    Parece que me hayas leído el pensamiento… tenía pensado no hablarle de papá noel, éste año lo tuve claro, aunque ahora lo he dudado leyendo lo que compartió Kitty.
    Creo que tenemos un problema con la navidad, y, si conseguimos reconciliarnos con ella, tendremos la ilusión necesaria para poder decirles una mentirijilla piadosa “buena” (?) Yo odio las mentiras también, y más con mi niño. Como tiene solo dos años, creo que tenemos un año para recuperar la ilusión.
    Besos

    • Carita says:

      Gracias por compartirlo! Le he echado un ojo. Me ha gustado lo de “existen, pero en la fantasía”. Juego mucho con Bichito a muchos juegos imaginarios. Le daré unas vueltas para conciliarlo con todo lo demás. Feliz navidad! Un abrazo 🙂

  2. Lauta says:

    Me siento 100% identificada con este artículo. Has sabido plasmar en palabras yodo lo que estoy sintiendo estas semanas. Nada que añadir. Esperemos hacerlo lo mejor posible.
    Un abrazo!

    • Carita says:

      Hola! Gracias por tus palabras. Siempre sienta bien saberse hermanada con otras mamás que se sienten igual que tú. Está claro que hay muchos caminos en la vida, unos nos cuadran, otros no… no hay fórmulas universales. Pero si hacemos lo que sentimos, buscando lo mejor para nuestros peques, como mejor sabemos hacerlo, siempre lo haremos lo mejor posible 🙂 Un abrazo!!

  3. Ana Domínguez says:

    Cada palabra que has escrito ha pasado por mi cabeza. Me he sentido suoeridentificada con tu post.
    Y sí, también decidí colaborar con “la gran trola mundial”.
    Y en días como hoy no me arrepiento, al contrario. Han ido los Reyes a su cole, y le tenías que haber visto como daba saltitos y se comía a besos a su compañero de al lado de pura emoción.

    Besos!

    • Carita says:

      Hola Ana! Gracias por compartir tu experiencia. Yo sigo en un torneo de ping pong interno. No me gusta la parte del engaño sostenido (engaño y confianza son malos compañeros) pero tampoco encuentro una alternativa que me convenza. Así que tocará ir funcionando sobre la marcha según lo vaya pidiendo la situación y según vayamos necesitando ambas. Un beso grande!

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