Historia de un destete natural (el nuestro)

Fuente: Pixabay

Os contaba este verano en una publicación que habíamos vivido un destete con varias etapas, que había empezado de improviso y luego había fluido. Me habéis pedido que os cuente cómo fue, así que hoy enciendo el ordenador para eso, para compartiros nuestra vivencia. Creo firmemente que todas las historias humanas sirven para algo, así que espero que os sirva la nuestra. Así vivimos nosotras el destete, un destete natural que nos dejó el mejor sabor de boca que puede quedar tras una de las experiencias más bellas que hay, una lactancia feliz y plena.

He tenido mucha, mucha suerte. Ya os conté en otras ocasiones cosas sobre nuestra lactancia, cómo llegó a romper todas mis ideas preconcebidas y cómo los seis meses que mi mente programaba se fueron al carajo en un suspiro, en cuanto me enamoré de mi lactancia y la viví con ganas y sin prisas. Con confianza, con plenitud, con placidez. Me sigo emocionando al recordar todo lo que he sentido en la lactancia de mi hija, llenita de fotogramas que me paso como una peli de esas que te gusta ver en bucle, sigue siendo un tema con magia para mí.

Qué bonita es la lactancia cuando todo fluye, cuando conseguimos superar los problemas y nos empoderamos, cuando tenemos suerte, conocimiento y apoyo, cuando nos sentimos seguras, poderosas y primarias. Espero que podáis sentirlo en vuestra maternidad en algún momento si es lo que queréis (aunque no haya podido funcionar la primera vez). Que podáis vivirlo bien. Os lo deseo de corazón. No seréis mejores madres si vivís una lactancia plena, pero sí seréis madres que viven con plenitud algo inmensamente especial.

Bueno, pues viendo lo mágica que era para mí nuestra lactancia os podréis imaginar el jamacuco que me dio cuando, de repente, un día, le ofrecí el pecho a la peque y dijo NO. Tenía tres años recién cumplidos, la había dejado tres días con los abuelos en la playa, llegué con la teta por bandera como quien ofrece agua al sediento en el desierto y dijo no. Tranquila, segura, contenta, despreocupada. No quiero. Me quedé desorientada, como cuando juegas a la gallinita ciega. Me pilló en bragas. No estaba preparada.

Llevaba tiempo sabiendo que nos quedaba poquito, que estábamos con una sola toma al día más de mimo que de otra cosa, sabía que un día sería el último pero… ¿no podía ser mañana ese día? ¿Ese mañana deformable y adaptable a si apetece, como en los “mañana empiezo a hacer deporte”?

Mendigué un poquito a ver si al día siguiente quería, o al siguiente, y después de cuatro noes como cuatro soles me tuve que volver en tren a Madrid con expresión de pasmo, como quien intenta aceptar que algo se murió y no termina de comprender cómo ha ocurrido. Con expresión de pasmo y con los engranajes en marcha, pensando en agarrar el sacaleches en cuanto llegase a casa para sacarme un poco y hacerme una joya maternal de recuerdo. Llevaba tiempo con lo de la joya en mente pero era otro “mañana me pongo”.

No hay que ser adivino de talento. Evidentemente, con el bloqueo que llevaba, cuando me puse el sacaleches no salió ni gota. Y con la angustia posterior, menos aún. Me pasé dos horas ordeñándome con saña como las cabras para sacar cinco tristes mililitros. Organismo en cierre total, como en el parto.

No esperaba la pena tan honda que me entró en el momento en el que vi que no tenía leche. Me quedaba sin joya (que en ese momento fue ya como darme el chungo total) pero ¿por qué me afectaba tantísimo? Llevábamos tres años de lactancia, que no es que fuera poco. Yo había contado con dar seis meses. Supongo que siempre pensé que si teníamos una lactancia larga al final estaría aburrida, que querría “liberarme” y pasar a otra etapa, que asumiría el cambio sin pena, solo con ternurilla.

Y ahí estaba llorando como una magdalena como si no hubiera un mañana. El llanto que me agarró, un llanto que salía de muy dentro, incontenible, me pilló totalmente por sorpresa. Como si se me hubiera muerto alguien, como si se me hubiera roto algo irreemplazable. Todavía recuerdo la expresión de alarma de mi marido cuando llegó a casa y me vio la cara. Por un momento hasta lo acojoné. No siempre lo hace de diez pero aquel día estuvo increíble, aguantándome repetir una y otra vez los mismos sentimientos mientras me miraba con empatía.

Me resigné. Inicié el duelo por mi lactancia, pensando que se había terminado. Volví con un poco de esperanza a la playa pero tras un par de noes más, dejé de ofrecer e hice algo que hago mucho con mi hija, ser sincera. Le dije que había sido maravilloso darle la teti, que me había sentido muy feliz y que me había quedado con un poco de pena por terminarlo así, estando lejos. Le propuse tomar una última teti de despedida y le dije que, si a ella le parecía bien, a mí me gustaría mucho para quedarme mucho más contenta. Y toda mona ella, aceptó.

Fue muy breve, apenas un par de minutos en cada pecho. Pero me empapé de cada sensación. De su carita en ese ángulo, que siempre me enamoraba. De su destreza succionando, con la experiencia de toda una vida haciéndolo de forma natural, sin molestarme ni una pizca a pesar de tener ya todos los dientes. De las caricias que compartíamos mientras, perezosas, con su manita recorriendo mi cuello y la mía acariciándole la cabeza y apartando los rizos del rostro. Me agaché a darle un beso en la coronilla, con los ojos cerrados, dando las gracias en silencio por tanto tiempo de lactancia feliz. Me despedí de mi lactancia y me preparé para dejarla marchar. Fue triste, como ese último beso que duele un poco dar porque querrías más aunque sepas que no los habrá. Pero me gustó poder tener esa última toma. Cuando terminamos la miré y le dije, gracias cariño. Ella me sonrió. Y nos fuimos a jugar. Esa misma tarde me saqué en un minuto la cantidad necesaria para una joya, esta vez fluyendo.

Pensé que ahí se había terminado todo, lo asumí. Y de repente, tras más de quince días sin pedir, un día se me acerca y me dice: mami, quiero teti, ¡que hace mucho que no tomamos! Se me rompieron todos los esquemas. Vale, le dije así con mucha tranquilidad (aunque yo creo que no me he quitado el sujetador más rápido en mi vida, XD). Me lo tomé como un regalo inesperado. Pero dos días después volvió a pedir. Y, contra todo pronóstico, relactó ella solita porque quiso.

Así seguimos casi seis meses más, para aprender la lección de que no hay que dar nada por hecho en la vida. Primero con una toma al día, después con pequeños saltos, un día sí, dos no, dos sí, uno no. Cuando las tomas se empezaron a espaciar volví a sentir que la lactancia daba sus últimos coletazos pero esta vez era distinto. Lo sentía más natural, como si fuera el momento de cambiar de etapa, para las dos.

Para mí la lactancia siempre significó una conexión especial, particular, un vínculo indescriptible con mi hija, una forma de comunicación específica. A partir de cierto punto fue como si las dos sintiéramos que la lactancia ya no era la única forma de conectarnos. Cada vez teníamos más abrazos, más te quieros, más palabras, más miradas, más gestos, más formas de recordarnos ese nexo que nos une. Y la lactancia fue poco a poco cediendo su espacio a otras cosas, como la piel que se renueva sin que nos demos cuenta.

A partir de enero, muchos días se nos iban sin teti. De vez en cuando la pedía. Una vez a la semana, después una vez cada dos semanas. De repente me miraba y me decía, ¡mamá! ¡hace mucho tiempo que no tomamos!, como si le sorprendiera. Yo la miraba y le decía, sí, hace mucho, ¿quieres? Y hacíamos una toma express. Treinta segundos. Como un recordatorio, porque estoy convencida de que no salían más de dos gotas.

Y un día, cuando me pidió, sentí algo que no había sentido nunca, un instante de cierre. No se lo negué, no habíamos llegado tan lejos en una lactancia maravillosa para forzar yo un “no” por un instante que se fue tal cual vino, pero durante la toma me sentí distinta. Lo había ido dejando atrás, había empezado a sentirlo ajeno.

Creo que hubo un par de tomas más, con mucho tiempo entre ellas. Por primera vez sentía una mezcla de felicidad por nuestra lactancia, pena por saber que llegaba a su fin e impaciencia por terminarla. Porque ya no era lo mismo y seguir, sintiéndolo, sería como intentar alargar un verano que ha sido perfecto, cuando ya empieza a refrescar. Llegué internamente a ese estado en el que, aunque te da pena que se acabe, estás preparado para avanzar. Tenía un poso de pena, pero una pena limpia, sin angustia, sin ansia de retener nuestra lactancia para que no se nos escapase, como me había sentido el año anterior.

Nuestra lactancia terminó (ya de verdad) de forma natural. Ni ella dijo no ni lo dije yo. Nos buscamos, nos cuidamos, nos respetamos, nos fuimos adaptando. Y seguimos avanzando hacia otra etapa. No voy a decir que no la añore, porque ha sido una de las experiencias más bonitas de mi vida. Pero pienso en ella con una sonrisa, con paz, con orgullo, con gratitud… y fue un regalo poder cerrar etapa así, sintiéndolo las dos, en armonía. Creciendo juntas y continuando nuestro camino con el mismo vínculo pero distinta forma de expresarlo.

¿Cómo terminó vuestra lactancia? ¿Cómo os sentisteis? Si queréis compartirlo conmigo, os espero en comentarios o en las redes 🙂

Y si os ha gustado, ¡no olvidéis compartir!

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