Crianza, eso sobre lo que todos opinan

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Foto: Pixabay

La intimidad ajena se respeta bastante, en líneas generales. A pocas personas se les ocurriría cuestionar el por qué de muchas de tus decisiones más íntimas. Sólo tus amigos de confianza (y algún que otro entrometido puntual) se meten en tus asuntos laborales, sociales o de pareja. En tus gustos y tus manías. En tu forma de ver y enfrentar la vida. Hay cosas de las que, sencillamente, uno no opina. Porque se entiende que pertenecen a la esfera privada del otro y que no está bien inmiscuirse. Es más, el otro podría molestarse porque, seamos claros: te estás metiendo donde no te llaman.

¿Te imaginas que eso no fuera así? Que un conocido al que no ves más de un par de veces al mes te diga que está mal que tu pareja y tú durmáis cada uno a vuestro aire, porque lo que tenéis que hacer es la cucharita. Te estás buscando problemas para el futuro. Y eso que haces para curarte el catarro no sirve para nada. ¿Crees en esas chorradas? Ya que nos ponemos, en vez de Doritos deberías comprar Cheetos. Como consejo, pero tú verás. ¿Qué harías si alguien actuara así? ¿Puedes imaginar un comportamiento menos adecuado socialmente?

Bien, pues eso, exactamente, es lo que se hace respecto a la crianza. Por alguna razón, en crianza está bien opinar de todo. Pero de todo, todo y todo, oye. Como en el anuncio. La crianza es territorio comanche. Cada situación que vivas será observada y enjuiciada, siempre. Y muchas veces, encima, te comunicarán el juicio.

A veces una misma se da cuenta de que también lo hace (muy común ese opinar inconsciente cuando no se tienen hijos, acerca de los hijos de los demás. ¿Tú lo hiciste? Yo sí). Pero, otras, no. Y por eso fastidia más el asunto.

Desde que soy madre me cuido muy mucho de meterme a opinar en la crianza de otra madre. Y a veces me cuesta. A veces sufro viendo según qué cosas. A veces lo hablo en petit comité con Superpapi. Pero no se me ocurre abrir la boca, por una mezcla de prudencia y respeto, porque sé que cada madre lleva lo suyo. Y, de sus circunstancias, yo no sé nada…

Hay consejos, y consejos

No me entiendas mal, a mí me parece muy bien que me den consejos, aunque generalmente prefiero que me los den cuando los solicito. Pero comprendo la buena voluntad que hay tras la indiscreción y lo dejo pasar. El problema es que no todos los temas admiten un consejo bienintencionado, porque no es lo mismo aconsejar sobre un catarro que sobre el propio modelo de crianza escogido.

Una gran parte de los consejos que recibes cuando eres mamá, especialmente mamá primeriza, se refieren a tu forma de criar a tus hijos. A tu forma de funcionar en tu familia. A tu forma de sentir tu maternidad. Y, ¿quién sabe de eso más que tú?

De la misma forma que espero que nadie me diga que tengo que hacer la cucharita con Superpapi, también espero que nadie me diga cómo debo dormir con mi hija. Sólo yo sé que la cucharita no funciona para mí, por más romántica que sea, porque doy más vueltas que una peonza hasta lograr conciliar el sueño y no le dejaría ni dormir, al pobre. Y sólo yo sé que el mejor sitio para Bichito es una camita adosada a la nuestra. Ése y no otro, al menos ahora mismo. Si la pongo en otra habitación, no va a funcionar, necesita sentir cerca a alguno de los dos, sólo nos supondría desvelos. Además, aún no quiero (uh, lo que ha dicho). Y si la pongo en nuestra cama, apañados vamos, se mueve todavía más que yo. Ahí ya sí que no duerme ni el tato.

Y es que sólo yo conozco mis circunstancias, mi forma de ser, mis necesidades, mis expectativas, mis preferencias y mis problemas. Por eso, sólo yo sé por qué estoy abordando la crianza de Bichito de esta forma y no de ninguna otra (y Superpapi, que luego lo lee y me riñe por acaparadora). Mi forma de crianza no es ni la mejor ni la peor, sólo es la mía. Con lo que voy aprendiendo cada día y con lo que aún no sé. Con lo que me funciona y con lo que he de hacer por mis circunstancias. Con lo que siento y lo que necesito. Lo que me piden las tripas y lo que me dicta la razón. Y sólo yo sé todo eso que me hace ser esta madre y no otra.

¿Tenemos confianza para esto?

También, como en todo, hay grados de cercanía y de confianza. No sé qué pensarás tú, a mí me parece muy bien que me dé un consejo una amiga mía, pero no tanto que lo haga el frutero o la vecina de mi prima Pepita. Quizá ahí la sonrisa me salga más tensa. Porque, encima, es que sonrío. ¡Manda narices! Con cara de haber chupado un limón e irradiando densas y turbias vibraciones, pero sonrío y sólo soy capaz de amagar un incómodo “ya…” antes de intentar cambiar de tema. Como ves, resuelvo estas situaciones con firmeza y elocuencia. Ejem.

Y creo que ahí lo estoy haciendo mal. Creo que lo más saludable sería responder con amabilidad algo similar a “Disculpa, pero es un asunto privado”. O “te agradezco el consejo, pero es un asunto privado”. En fin, aún busco la fórmula ideal pero lo que tengo claro es que hay que remarcar lo de privado. Si alguien quisiera darme consejos sobre, por poner un ejemplo, mi vida sexual, estoy segura de que respondería algo así. Es un tema íntimo. Pero también lo es mi embarazo. Mi parto. Mi lactancia. Mi colecho. Mi familia. Y, en definitiva, mi crianza.

Sé que este tipo de situaciones se van a seguir dando porque, en temas de crianza, no importa cuánto lo intentes. Nunca vas a hacer las cosas al gusto de todos. Escojas lo que escojas, hagas lo que hagas, decidas lo que decidas, pruebes lo que pruebes, siempre habrá quien te dirá que lo estás haciendo mal. Siempre habrá quien opinará sobre tus decisiones y tratará de aconsejarte. Si das el pecho, te dirán que te esclavizas. Si no lo das, que perjudicas a tu hijo. Si vas a trabajar que pobrecito, lo dejas solo tan pequeño. Si decides quedarte en casa, que estás sacrificando tu vida por ser madre. Si le regañas, que le vas a traumatizar. Si le mimas, que le vas a consentir.

No hay forma de evitarlo, va ligado a la maternidad. Recibirás cientos de consejos no solicitados.

Éste es el mío: Haz aquello que tú, y sólo tú, sabes que funciona en tu familia. Porque sólo tú sabes cómo sois todos, lo que necesitáis, dónde están vuestros límites, dónde vuestra felicidad. Porque lo que funciona para mí no tiene que funcionar para ti. Porque lo que yo veo bien, tú puedes verlo mal. Porque yo soy de una forma, y tú de otra. Porque en la crianza, en resumen, debemos aprender a respetar la intimidad ajena, como en todo lo demás.

Así que, haz lo que te guste a ti. Sin más. Y si das con la fórmula, avísame.

¿Y tú? ¿Has sentido que opinaban sobre tu crianza? ¿O te has dado cuenta de que sin querer también lo haces tú? ¿Qué opinas sobre este tema? Únete a nuestra comunidad y deja tu comentario 🙂

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