Cómo (y por qué) hemos cambiado la alimentación en casa desde que nació nuestra hija

Fuente: Pixabay

Nosotros no comíamos mal: a mí siempre me ha gustado cocinar, comíamos casi siempre en casa, no solíamos pedir comida rápida… nuestra percepción, si alguien nos hubiera preguntado hace cuatro años, es que comíamos razonablemente bien. Sin embargo, en el momento en que nació nuestra hija empezamos a planteárnoslo todo, como en todos los demás aspectos de nuestras vidas. Tener un ser indefenso y “recién estrenado” en tus manos es una responsabilidad inmensa que te hace ser muy consciente de todo lo que haces y de cómo lo haces. Para nuestros hijos queremos lo mejor, todo eso que para nosotros siempre pensamos vagamente con un “tengo que…” que nunca hacemos.

Con toda la información que reuní, desde el primer momento descarté todos los “productos alimenticios para bebés”: potitos, mi primer lo que fuera, cereales de bebé (sobre esto tengo pendiente un post de los de crujir los nudillos antes de teclear)… No quería darle productos. Quería darle comida. Por eso me animé con el BLW, que repetiría sin dudarlo. Ahora bien, eso significaba que la niña comería lo que comiéramos nosotros, lo que nos llevó a preguntarnos DE VERDAD cómo comíamos nosotros.

Y de repente más de la mitad de lo que había en nuestra nevera eran cosas que yo NO quería que mi hija comiera. Sobre todo teniendo en cuenta que me harto de leer que los primeros mil días en la alimentación son determinantes para la salud adulta.

Tenía claras dos cosas:

1. Que iba a ser imposible mantener a la peque alejada de todo lo insano que hubiera en el mundo (además de estresante y poco saludable mentalmente para nosotros)

2. Que, sin volvernos locos, había muchas cosas que sí estaba en nuestra mano cambiar y harían que nuestra alimentación mejorase y la suya fuese la mejor posible desde el primer momento.

Así que nos sentamos a anotar todo lo que se nos ocurrió que podía mejor la calidad de nuestra alimentación familiar. Estos son los cambios, pequeños y grandes, que hemos hecho en casa desde hace tres años y medio:

1. El 90% de lo que compramos son ALIMENTOS.

Aproximadamente la mitad de nuestro carro de la compra se va en frutas, verduras y hortalizas. Otro cuarenta por ciento está compuesto de alimentos variados: pan, huevos, ternera, pollo, pescado, legumbres, pasta, arroz, queso, leche, yogures naturales… En fin, lo que toque. Y sólo un pequeño porcentaje de nuestra compra incluye productos procesados. Alguno cae (de todo no se consigue quitar uno) pero son los menos.

En mi nevera y mi despensa, que no sean alimentos, sólo suele haber de forma regular:

    • Margarina: no he renunciado a ella del todo aunque he reducido drásticamente su consumo tras saber lo que son las grasas hidrogenadas. Una cucharada para las croquetas y otra para las crepes. Las tostadas, con aceite. Me dura siglos en la nevera.
    • Quesitos: nos gusta añadirle un par a las cremas de verduras. Como salen entre nueve raciones y la cantidad es mínima, les he perdonado la vida.
    • Tortillas de trigo: compramos un paquete a la semana para las quesadillas y fajitas, que nos encantan y son hipersocorridas (sobre todo las quesadillas).
    • Masa de pizza: estos meses que he estado tan sobrecargada he tirado de alguna de estas y solemos tener una o dos en la nevera para emergencias. De lo malo, cogemos la menos mala que hemos encontrado. Pero en cuanto tengo fuerzas la suelo hacer casera.
    • Obleas para empanadillas: aquí es que ni lo intento. Si cada vez que hacemos las empanaditas de calabacín y queso tengo que andar liada amasando, me pego un tiro. Voy a lo fácil.
    • Fiambre: jamón york, salchichón, chorizo, jamón serrano… vamos rotando. Intentamos coger poco pero algo siempre compramos. Siempre fui fiambrera y me cuesta.
    • Pan de molde: compramos el más natural que hemos encontrado pero no nos convence nada la querencia de la peque por el bimbo. Andamos valorando hacernos con una panificadora.

Y ya está. Todo lo demás son alimentos. Sin peros.

2. Miramos todo lo posible los etiquetados.

Parece una tontería pero, con las cuatro cosas que compramos que precisan etiqueta, nos hemos hecho un puñetero máster en etiquetado industrial. De cada producto que nos llevamos a casa comparamos en todas las marcas los niveles de aditivos y los valores nutricionales.

Con el pan de molde flipamos en colores cuando vimos toooooooda la porquería que llevan la inmensa mayoría de panes “naturales”, “integrales” y “caseros”. Lo de la falta de ética en el marketing alimentario es de nota. Sólo encontramos UNA marca de todas las que hay que tenga picatostes sin azúcar ni grasa de palma, para los gazpachos en verano. Y del fiambre, ni hablemos. He llegado a ver jamón york con etiquetado “Ingredientes: Jamón (61%)….” Si el 61% es jamón, el resto de lo que hay en esas lonchas rosas ¿qué es? El mejor que he encontrado hasta la fecha lleva un 92% de jamón, lo que me parece mucho más aceptable. Puedo tolerar un 8% de porquerías añadidas. Pero casi la mitad es que ni me lo planteo.

Comprar productos procesados que requieren una etiqueta para saber lo que contienen realmente siempre conlleva aceptar un punto insano. Pero miramos el etiquetado con lupa para que por lo menos ese punto insano sea el menor posible.

3. Los productos de consumo ocasional sólo los compramos de forma ocasional

Yo no sé lo que será capaz de hacer el resto de la humanidad pero la contención no forma parte de mí. Soy incapaz de abrir un paquete de gusanitos sin terminármelo. O lo era, ahora que lo pienso llevo mucho sin comer gusanitos. Nos hemos pasado desde hace un tiempo a unas patatas fritas con aceite de oliva que son bastante majas y la verdad es que ahora casi todas las guarrerías de bolsa las encontramos aceitosas y artificiales.

Pero para que nos entendamos: no compro nada que no quiera comerme esa semana. Si no quiero tomar chocolate de forma regular, sólo meto un capricho una de cada tres compras semanales, por ejemplo. Porque lo de comprar una cajita de Ferrero Rocher y pretender racionarla para que me dure un mes es una utopía.

Así que en casa, aunque de forma puntual entra algún antojo en forma de bolsa de guarris, lata de coca-cola o chocolate, lo hace así, puntualmente. Y no en TODAS las compras. La única forma de no comer algo regularmente es no tenerlo en casa regularmente.

4. El azúcar tiene orden de alejamiento en nuestro hogar

Y no hablo de los caprichos que, de vez en cuando, nos concedemos sino del azúcar que entra en casa de forma regular, tanto visible como invisible.

Por un lado, sea en formato blanco, moreno, miel, stevia o panela, ya no nos ponemos azúcar prácticamente en nada. Papá se ha habituado a tomar el café solo, algo que antes le parecía peor que la muerte y que ahora le gusta (de hecho, lo que le sabe raro ahora es tomar un café con azúcar), yo me tomo las infusiones a pelo (¡yo!, que antes tomaba “azúcar con té”) y los yogures naturales nos los tomamos todos también sin nada. Creo que no hemos comprado azúcar desde 2013.

Por otro lado, intentamos evitar también que entre azúcar invisible en casa. Al no comprar casi productos procesados y mirar con detalle el etiquetado la verdad es que no se nos cuela casi nada que la contenga, con cualquiera de los cincuenta nombres con los que la intenten camuflar (a ver si un día los listo y posteo sobre esto).

5. Intentamos comprarlo todo en la versión más natural posible.

Compramos la fruta entera en lugar de cajitas con fruta troceada, pan recién hecho en lugar de congelado, la base para pizza en lugar de la pizza precocinada completa, carne en la carnicería que piquen en el momento en lugar de bandeja con hamburguesas ya preparadas y llenas de aditivos y aglutinantes

En fin, que, en la medida de lo posible y sin volvernos locos, intentamos tamizar nuestra compra semanal para que a casa llegue la menor cantidad posible de porquería.

Sin volvernos locos, hacemos lo que podemos.

¿Y tú? ¿Has cambiado la alimentación en casa al nacer tus hijos? Te espero en comentarios 🙂

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2 comments

  1. Rosa says:

    Hola Marta, qué buen post, me encanta! Yo no he cambiado mi alimentación al nacer mis hijos, porque todavía no tengo, jeje, pero estoy intentando cambiar mi alimentación desde hace algún tiempo. Lo que por ahora hemos conseguido es que al hacer la compra, el carrito rebose de verduras y frutas, nada de procesados, salsas, precocinados, aceites malos… Además, tengo una Thermomix, y hago pan, galletas, salsas, harinas… hasta me fabrico mi propio “avecrem” para guisar! jeje Ah, y ya ni me acuerdo de cuantos meses hace de la última vez que compré azúcar, eso sí, para las fiestas que se aproximan, haré una excepción y compraremos azucar moreno para hacer algún dulce,…que una vez al año, no hace daño! Un saludo!

  2. TheSpanishFamily says:

    Hazte con una panificadora, es un inventazo. Nosotros hacemos panes, bizcochos, masa de pizza, de croquetas, yogures y mermeladas sin prácticamente nada de esfuerzo y sabiendo lo que comemos. Nuestro peque es alérgico al pescado y no veas lo pesado que es comprar productos procesados, la inmensa mayoría pueden contener trazas de pescado o llevan el tan de moda omega3, osea, aceite de pescado, asi que hemos pasado prácticamente por obligación a tener que comer sano, jeje. Lo de comer/cenar fuera intentamos evitarlo, pero cuando salimos siempre le llevamos un potito por si acaso ya que en la mayoría de sitios todo lo hacen con el mismo aceite. Nosotros los potitos los miramos que sean con ingredientes naturales, ya que va a comer “guarrerias” que sea lo más sano posible. Ahora la guerra la tenemos con los abuelos, al peque que va a empezar con la alimentación complementaria, ¿como no le vamos a dar papilla? (eso me pone enferma…) y de hacer BLW ni hablamos, y mira que el mayor que se ha alimentado a base de purés ahora come muy mal… Y con el mayor, cada vez que vamos a casa de unos abuelos salchichas, quesitos, galletas, gusanitos, cualquier producto etiquetado como infantil…yo ya no se como luchar contra ello 🙁

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