5 cosas que echarás de menos cuando seas madre

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Foto: Pixabay

Dicen que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes (o hasta que haces una mudanza y lo tienes que empaquetar todo). Y suele ser cierto. La maternidad es maravillosa y soy la primera en defender que merece la pena, de todas, todas. Pero hay cosas que son, simple y llanamente, incompatibles con ser mamá (al menos de pequeñines). En lo que llamo cariñosamente “esa otra vida”, cuando no tenía hijos, disfrutaba intensamente de algunas cosas de las que no era consciente y hoy, que las estaba recordando con esos largos suspiros propios de la nostalgia, he decidido hacer una pequeña lista. A ver si te sientes identificada con estas cinco cosas que, desde hace dos años y tres meses, brillan por su ausencia en mi vida:

Intimidad

Una piensa que la intimidad es algo etéreo e intangible hasta que tiene hijos y comprende que no. Que es mucho más sencillo. Ni es un sentimiento de privacidad mental, ni un espacio en el que estar contigo misma. No. Intimidad es poder ir al cuarto de baño. Sola. Sin llevar:

  • Un bebé en brazos (vayas a hacer lo que vayas a hacer, ¿a quién le importa?) o incluso enganchado en la teta.
  • Un pequeñín (en mi caso, pequeñina) de lengua de trapo que se asoma a mirar (hagas lo que hagas) con maravillado pasmo y lo comenta contigo con ojillos de interés.
  • Multiplíquese por el número correspondiente o combínense los anteriores apartados.

Una piensa que la intimidad es algo etéreo e intangible hasta que tiene hijos y comprende que no. Que es mucho más sencillo. Intimidad es poder ir al cuarto de baño. Sola.

¡Qué digo! Intimidad es, directamente, poder CERRAR la puerta del baño. No sufras, podrás hacerlo. Cuando esté papá en casa podrás meterte en el baño, echar el pestillo y sentarte con el ebook sobre la tapa del WC durante diez minutos (los que consigas fingir que entraste para algo). En muchas ocasiones, durante la lectura, como un eco lejano, te acompañarán innumerables aporreos en la puerta y continuas llamadas a mil decibelios pidiéndote salir (¡mamá! ¡mamaaaaaá!). Pero la puerta estará cerrada. Y en esta etapa, la de mear con el peque jugando con un muñeco sobre tus piernas y ducharte cantando cucú y sacando la cabeza por la cortina hasta dejarlo todo perdido, eso se valora.

Concentración

Si ya íbamos escasas de intimidad, mejor ni hablamos de concentración. Y es que es un poco difícil concentrarse en algo cuando sólo puedes colocar un ojo en ello. Porque cuando eres madre, a efectos prácticos sólo tienes uno disponible. El otro está permanentemente conectado con el peque. Cualquier día, acaba una con un ojo a la virulé.

Hay otra opción para concentrarse: sacrificar algo. La alfombra, la integridad del suelo, el Buddha del viaje de novios. Lo que se tercie, según con qué experimente tu hijo mientras tú estás en bavia con el último libro de Sarah Lark o, en el caso de servidora, escribiendo un post como éste.

Bichito es más buena que el pan y la concentración me sale barata, pero siempre hay que sacrificar tropas ante la batalla, aunque sea algo sencillo como dejar que haga trasvases de agua y yogur sentada en mis rodillas mientras tecleo. Lo de antes, eso de terminarme un libro de tirón o pasar horas al ordenador escribiendo casi con furia de pura concentración, por el momento, es historia.

Libertad para elegir

“Estoy cansada, me parece que me voy a acostar pronto hoy” es una frase que ya no tiene cabida en mi vida actual. Está tan poco en mis manos como “estoy muy blanca, me parece que voy a hacer salir el sol hoy”.

Antes, cada día pensábamos “¿qué nos apetece hacer hoy?”. ¡Y lo hacíamos! Sólo había que elegir.

Antes, cada día pensábamos “¿qué nos apetece hacer hoy?”. ¡Y lo hacíamos! Sólo había que elegir. Ver una maratón de “24”, irnos a dormir tarde o pronto, salir a una cena romántica. Ahora, el disco duro acumula tantas series que ya nos hemos olvidado hasta de cuáles queremos ver, nos vamos a dormir cuando podemos, sin más, y la cena romántica es, directamente, inviable sin ayuda externa.

No me entiendas mal. Ahora también elijo. En la siesta, por ejemplo, hago lo que me da la gana. Siempre que sea en casa, claro. Y que no haga ruido. Y que no dure más de dos horas y media. Y…

Un baño relajante

Vale. Ahora no tengo bañera pero, ¿cambiaría algo si la tuviera? No lo creo. Mucho me temo que los baños con espuma y música chill out se saltan una parte de la vida de una mujer: desde que no tienes hijos hasta que crecen.

Y no hace falta que sea un baño al uso: es el concepto. Liberar el cansancio junto con la suciedad. Dejar la cabeza bajo el chorro del agua hasta despejarla. Remolonear porque está calentita y te está viniendo genial para el dolor del cuello. Enjabonarte con mimo, ponerte una mascarilla. ¡Qué sé yo! Ducharte tranquila. Eso con niños pequeños no hay quien lo huela.

Al principio no es que te duches rápido, es que directamente no te duchas. ¿Cómo, si apenas consigues hacer pis? La ducha diaria se vuelve un lujo, una añoranza, una esperanza. Pero una realidad, durante algunas semanas, no.

Después llega la etapa en que te llevas al bebé al baño sentado en la hamaquita mientras te aseas a toda pastilla en modo Ducha-Espectáculo. Si antes te relajabas tarareando Beyoncé, ahora pasarás a Cucú, cantaba la rana (asomando la cabeza en cada cucú) y otros grandes éxitos de todos los tiempos. El pequeñajo que te obsequia con gorgoritos encantados vale la pena, nadie dice lo contrario. Pero de relajante no tiene nada.

Mucho me temo que los baños con espuma y música chill out se saltan una parte de la vida de una mujer: desde que no tienes hijos hasta que crecen.

Por si fuera poco estrés, pronto llega la siguiente fase: “¡me quiero duchar con mamá!”. Texto que generalmente se acompaña con un peque agarrado a la pierna cual boa constrictor del que es materialmente imposible liberarse camino del baño. Así que comienzan las duchas en pack. ¡Ay! Esos tiempos en que las duchas a dos eran con el padre de la criatura, entre el romance y la pasión (y algo de pelea por la temperatura del agua). Volverán, volverán. Pero ahora toca sentarse en el plato de la ducha mientras se te pega la cortina al culo y tratar de enjabonar un duendecillo que se lo pasa pipa en La Gran Fiesta de Agua y Espuma con Mamá.

Ir arreglada (de verdad)

Yo era coqueta. Lo juro. Creo. Eso me parece recordar. Tengo camisetas monísimas que lo certifican. Y sombras de ojos divinas. Todas caducadas, claro, pero no las tiro porque da gloria mirarlas. ¡Lo bonitas que quedan en el estante del baño!

Vamos a obviar el tiempo que tardas en reconocerte a ti misma sin dar un respingo cuando te ves en bolas en el espejo del baño, tras el parto. Eso se pasa. O te recuperas o te acostumbras (generalmente, la cosa queda a medio camino). Obviemos también esa temporada de atroz memoria: La Edad Del Sujetador De Lactancia. Que por más mono que te lo compres es un artefacto deprimente en sí mismo y, nunca, nunca, te sienta del todo bien. Aunque es difícil que eso suceda cuando tus tetas suben y bajan dos tallas según el momento del día e incluso, a veces, sin ir a la par. Sin olvidar que tu ropa deja de ser Adorno para convertirse en Acceso y cualquier vestido que no permita sacar una teta fuera queda descartado durante una larga temporada. Aunque sea monísimo. Pero eso se pasa.

Ahora bien. Si te duchas cantando cucú, no hay mascarillas en el pelo. Si el peque te engancha los mechones con las manos llenas de yogur, acabas todo el día con coleta. Si para maquillarte sólo tienes un ojo disponible porque el otro corre en círculos por la casa, no está la cosa para ojos ahumados y rímel de vampiresa. Pintalabios en el espejo del ascensor y dando gracias. Y olvídate de gasas vaporosas, tirantes de pedrería o cualquier otra cosa que se rompa fácilmente. La maternidad manda.

A veces veo alguna mamá con tacones, pulseras, maquillaje y pelo de anuncio y me la quedo mirando con la boca tan abierta que parece que quiero ligar con ella. Ahí tiene que haber truco, como en GH. No puede ser real.

¡Qué le vamos a hacer! Cuando vuelva a mear sola, leer del tirón, hacer una maratón de series, ducharme tranquila y ponerme guapa… será esta etapa lo que eche de menos. Ay, si se pudiera tener todo, ¿verdad?

¿Y tú? ¿Qué echas tú de menos? ¿Me lo cuentas? 🙂

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4 comments

  1. Sandra Toledano says:

    Ains, cuánta razón maja…Totalmente identificada. Ahora estoy en la etapa de cantar el cucú tras la ducha, mi niño se viene conmigo en la hamaca a la ducha, al pis, a comer…Bueno, digo comer por decir algo porque mi marido y yo la mayoría de las veces comemos/cenamos por turnos. Y yo no era de pintarme mucho, pero mi pelo siempre me ha gustado llevarlo bien apañado y desde que nació el peque ni secador (suerte que es verano,veremos a ver en invierno). Y lo que peor llevo, los 10 kilos de más que tengo encima, que estoy deseando que el niño empiece con la AC para poder hacer una dieta y ejercicio. No soy ni la sombra de lo que era y cuando veo a otras madres tan divinas, que han perdido ( o eso parece) el peso del embarazo,incluso más,con su pelo divino,la raya del ojo y tan aparentemente relajadas las miro con envidia (y un poco de asco también, para qué nos vamos a engañar). Cuando estoy sol con el niño y mi marido trabajando me las veo putas para hacer comidas/cenas…Y de limpiar no hablo porque lo hace mi marido cuando libra mientras yo estoy desmayada en la cama.

    • Carita says:

      Jajajaja. Ay Sandra, es que esta etapa… Me he reído mucho con la descripción, nos sentimos todas tan reflejadas unas en otras. Aunque en mi caso PERDÍ los diez kilos esos que dices, y no me sobraban así que intento recuperarlos comiendo como un lobo para contrapesar la teti… 🙂

  2. Ratoncito says:

    Jajajajaaaa un buen resumen!
    A ver….a parte de lo que ya has dicho, añado:

    Disfrutar de la comida. Yo antes adoraba el momento de comer, y mucho! Tardaba un buen rato, y disfrutaba de la comida…. Ahora….hemos pasado de comer con la niña en la teta por no comer apenas a modo “comer cómo los pollos” – como más rápido que mi marido que en su día me parecía imposible y de mientras hago mil otras cosas – cambiar mil veces el capítulo de Pocoyo o de Masha en la tablet, traerle agua, darle la mitad de mi comida porque por muy llena que esté, la comida de mami está más rica, leerle el libro, pintar un sol, abrir la caja con puzzles…. El otro día intenté apurar y comerme los últimos dos bocados antes de ir a bajarla del sofá dónde estaba saltando sin hacerme ni el más mínimo caso y la cosa terminó con un salto mortale en el aire y caída al suelo en plan saco de papas. Se me cortó la digestión hasta el día siguiente. Así no hay quien coma. Creo que estoy a punto de tener un par de úlceras preciosas en el estómago…. Y de disfrutar de comidas en el restaurante ya mejor ni hablamos…. 😀

    • Carita says:

      Jajaja. Sí, cierto. No la he incluído porque Bichito come sola prácticamente desde el principio con el BLW y además nos turnamos y uno siempre come o cena tranquilo y olvidado de todo. Pero dices verdades como templos! 🙂

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